domingo, 8 de noviembre de 2015

Fisherman at sea. La Mentira. La Locura



Busco una música para esto.

Un, dos... probando.

Ah, ¡sí! ¡Ya!

No. Ahora:

Busquen y pongan (bajito, que se trata de leer): Modern Art de The Rippingtons.

Ya lo pongo yo: 




Daña la mentira. Lo hace incluso cuando uno puede disfrutar -gratis, de momento- ante la fotografía azul de este cielo de noviembre, de esta extraña primavera crepuscular. Pero no es la mentira de andar por casa de lo que hablo; hablo de la Mentira. Otra cosa, ya digo, que es dañina y que está fuertemente enraizada como lo hacen los tumores que suelen ser mortales. Es así que no resulta difícil ver que la mentira, la Mentira, lleva a la muerte; no a la muerte en la que la las constantes vitales son iguales a cero, no, hablo de la Muerte, esto es, la Mentira, la inexistencia por ausencia de realidad palpable y naturaleza real.

El mundo que ocupa mi existencia es a todas luces desordenado. Tengo cuanto he querido tener, siempre lo vi al alcance de mi mano y tomé cuanto consideré justo tomar, sería una estupidez diferenciar errores y aciertos si errores y aciertos son los mismos caminos y distintas formas de interpretar el modo en que se ha puesto un pie tras otro. No sé si justo es el término que más se ajusta a lo que quería decir. Pero eso, aquello, estaba ahí, y yo lo quise o lo necesité o creí que lo quise o lo necesité o ambas cosas, y lo tomé, y lo que es más importante, no hacía daño a nadie, que aquí sí va bien lo de justo, un acto de justicia, eso es, porque el origen de mi deseo siempre estuvo en ser, y no en tener, tener es injusto, poseer sobre el ser es injusto. No tengo, soy. Decía que tengo cuanto quise porque soy cuanto quise ser. Me es fácil, es mi naturaleza. Hay algo sin embargo que se interpone, el camino es redibujar el obstáculo y no otra cosa y no es una senda maloliente sembrada de cadáveres. No culpo a los demás o a lo demás, ahora no puedo culpar porque es un verbo inexacto, no sabemos cuándo empezó todo y qué es todo si ni siquiera sabemos si hubo nada: Eduardo Flores de la Flor, nacido de hombre y de mujer, padre de tres hijos, cada uno de ellos de una madre diferente -buenas y hermosas mujeres, madres insuperables, y con las que compartió tiempo y espacio con libertad hasta que se consideró que ya no había sentido seguir compartiendo-, duerme junto a la mujer que ama y que lo ama, con sueños y vida, ahí está, sueños y vida, ser, no tener, soy, hasta ahí puedo escribir: pregúntate de vez en cuando si eres, si lo eres alguna vez, poco mal te hará. Es el día de hoy, el de mañana no lo puedo conocer todavía, porque no siempre hubo algo o no lo sabemos. El mundo que ocupa mi existencia es, a todas luces, el caos en el que soy más feliz que muchos, por suerte y por lugar de nacimiento y por la piel que me visto por las mañanas.  

Últimamente camino despistado y lo hago casi todo despistado. Sí, lo llevo haciendo como unos treinta y cuatro años. Porque no cabe otra explicación que no sea la del despiste permanente para no darse cuenta el resto del tiempo y sentirse sorprendido cuando la mentira te asalta, como si no fuera realmente la mentira ese tumor del que hablábamos y que, así como mi despiste me mantiene respirando, es la mentira la argamasa de toda esta construcción: el mundo; dicen que gira sobre su propio eje, cada veinticuatro horas; tal vez la primera mentira, quién sabe. El movimiento de traslación me produce pavor.

Será tal vez por eso que mi despiste desaparece en el éter de lo ficticio. No encuentro una libreta en la que una vez escribí un relato que ahora, no sé si porque no lo encuentro, me parece un relato cojonudo, un buen relato para pasarlo a ordenador, El día del hombre, se titula, y va de un tipo normal, muy normal, un tipo como cualquiera que trabaja en una gestoría, un padre de familia, normal, que toma la decisión de... 

En la ficción no existe la mentira con m mayúscula, no en la buena ficción. Hay en ella una verdad no absoluta, una verdad en movimiento y agradable al paladar, una verdad que nunca se nos ocurriría escribir con v mayúscula. Y como todo no va a ser podredumbre, la verdad de la ficción, sí, la verdad sin asideros -escurridiza como una anchoa en el centro del océano-, la verdad en la ficción, mantiene en imperfecto funcionamiento el factor humano que la mentira trata de convertir en recurso o pieza recambiable.

La intención era moverse en algún momento a lo cotidiano, a la impregnación de la mentira. Ahora me pregunto para qué, si no sería contribuir -un fiero verraco con dientes de comadreja devora mi hígado- mintiendo sin pretenderlo. Veo que es complicado, absurdo: medios de prensa escrita (no lo hagas), empresas de mercenarios y cobardes al servicio (don´t do it) de la causa del flus y la liquidez, hijos naturales (ne le fais pais) de la mentira; literatura de consumo (pa fê l´) e industria de la ignorancia, escritores y poetas, baratos (dit nie doen nie) y vanidosos se entregan al aquelarre y a la prostitución; músicos de playback y cocaína y... Mentira... televisión para zombies y novela (ne fari gin) negra para psicópatas, informativos (tun sie es nicht), permíteme que insista: Mentira: todos tenemos un precio, el mío es...Valhe.

Cuando uno tiene noticias de la mentira e inmediatamente piensa en el daño irreparable de su consecuencia se encienden todas las alarmas. ¿Cómo no me he dado cuenta en todo este tiempo? Sin embargo la mentira estaba ahí, mucho antes de haber abierto los ojos por primera vez. De hecho fue la mentira quien te dio la bienvenida, agradecida quizá por la nueva presencia que la hará más grande y fuerte, un retal más para el mimetizado que lo acerca a una verdad posible.

Creer reconocer esa extraña verdad en lo ficticio te lleva a la locura, a ser un loco. Como todos ustedes saben, el loco es, en la mayoría de casos o en el clímax mismo de su propia locura, desordenado. No cumple los requisitos del orden y el orden, también lo sabemos todos, es la regla indicadora de lo correcto y lo bien hecho, así lo dicen las tablas de la ley del supuesto sentido común. La locura es el mal camino, te pueden encerrar por ello si llegado el caso tu caos afecta al perfecto funcionamiento del orden.  Si tu caos no parece infeccioso, que siempre lo es, no tendrás mayor problema: nadie te escuchará, u olvidará tus palabras una vez pronunciadas y en el aire.

Hemos dicho mentira y verdad y ficción y locura y orden y caos y palabras. Ocurre que cuando sueño con leones, con leones que me persiguen, huyo sabiendo que en todo ese asunto de la persecución está en juego mucho más que la vida, sé que ellos tienen un motivo para hacer lo que hacen, un motivo justificado que no puedo llegar a entender, y también sé que yo, que vivo mi propio sueño y que a la vez puedo verme en él, me siento ridículo, en la huída, como si el peso mismo de la razón que justifica la cacería me hiciera profundamente ignorante, y lo veo claro, debería dejarme, mi cuerpo dado a las fieras como alimento o como ellas quieran que sea mi carne ya inservible más que para ellas, huyo sin embargo, con ese sabor a angustia sanguinolenta en la boca, huyo por cobardía aunque de forma muy ineficaz, porque sé, el sueño es recurrente, cómo ha de acabar todo, la locura, esta que dibujo con palabras, los leones, que parecen tener su verdad, tan impresionante verdad, sus razones para devorarme y mi sinrazón de huir sin saber por qué porque en el fondo de toda la cuestión la huida se antoja mentira, es un sueño, al fin y al cabo, y huyo, digo, decía, inercialmente hasta el fin conocido, una canción que se repite, leones que no pueden ser leones galopan tras de mí, su presa.

Las palabras son las partículas subatómicas de la mentira y la verdad. Para el loco la mentira cobra forma definida en el orden y le es del todo imposible relacionarse pacíficamente con el entorno y la sociedad, la búsqueda no tiene fin y es, la búsqueda, un fin mismo. Para el loco la única verdad posible es el caos, aunque también lo es para el Universo entropía, que es infinito y lo infinito el momento del pensamiento que me gustaría alcanzar aunque solo fuera por unos segundos, el infinito, sí, divago y divago y divago y lo haría hasta originar una conexión sináptica con la savia de los árboles y el viento de los bosques en los que hay viento y con la rabia desatada en las entrañas de los megavolcanes que de entrar en erupción nos borrarían del planisferio, como el Cumbre Vieja en las Canarias o el de Yellowstone en los USATIERRADELASLIBERTADES, que es donde vivían tranquilamente y mangando emparedados el oso Yogui y Bubu, cuando en realidad es el infierno en la Tierra, en fin, el infinito, ese momento o lugar inabarcable, el campo en el que la locura no permite la expresión "sentido común" porque huele a mentira.

Daña la mentira, la sociedad que formamos como individuos, el lugar en el que desde siempre y mal viven los cuerdos propietarios del sentido común. Lo hace aunque solo sean los locos quienes sienten la gélida puñalada, el dolor.  

Aquí un dibujito en el que la mentira es representada por un político o un banquero o Donald Trump. La mentira lleva en su mano un ukri, un cuchillo tradicional nepalí, ¿lo ven? Busquen en Google un momento, les doy unos segundos.

¿Ya? Eso es.

(Sé que no han buscado un carajo, da igual, para que lo sepan: es un cuchillo curvo como un boomerang y de punta fina, que es lo que jode).

[Dibujo: Se lo imaginan: La mentira me apuñala justo por debajo del esternón.]


Qué quieren que les diga: Fisherman at sea:




Autor: Joseph M. William Turner
Fecha: 1796
Museo: Tate Gallery (Londres)
Características: 91,5 x 122,4 cm.
Estilo: Romanticismo Inglés
Material: Oleo sobre lienzo
Copyright: (C) ARTEHISTORIA

Este lienzo que contemplamos fue el primero que Turner expuso en la Royal Academy. Se trata de una marina nocturna en la que el maestro muestra su interés por presentar diferentes tipos de iluminaciones, al sentirse atraido por ejercitarse en la técnica del claroscuro. El maestro londinense divide la composición en un primer plano ocupado por las fuertes olas, un plano intermedio donde observamos la barca de pesca zarandeada por el oleaje y un trasfondo en el que encontramos los árboles de la costa. Entre las nubes se aprecia el círculo blanquecino de la luna, cuyas luces bañan la escena para crear sensacionales contrastes lumínicos. La influencia de la pintura holandesa del Barroco-RuysdaelHobbema o Van Goyen- se manifiesta tanto en la temática como en el importante papel otorgado al cielo, ocupando más de la mitad de la superficie del lienzo. El movimiento, la iluminación fantasmagórica y la violencia de la naturaleza serán elementos comunes a buena parte de los primeros trabajos de Turner. http://www.artehistoria.com/v2/obras/14054.htm

lunes, 12 de octubre de 2015

Por cada granito de orgullo uno de vergüenza.



A uno y otro lado del meridiano de la verdad o del sentido común, del tino o la lucidez, se manifiestan, también, unos y otros extremados como dolidos y como huérfanos de una madre, que, según el dibujo o la queja, viene a ser puta de labios pintados o sin pintar. Así ocurre hoy, día de la Hispanidad, que es día para algo, y que tampoco sabemos muy bien qué es, y que muchos hacen que sea día de patriotismo barato y día de absurdo antiespañolismo. Como buen día para algo es oportunidad. Últimamente oportunidad significa meterle el dedo en el ojo a alguien. A ambos lados del meridiano o de un camino mejor se grita y crujen los dientes. ¿Por un ideal? ¿Por una idea? ¿Por dinero y poder? ¿Por un cercado? ¿Por qué?

No me cansaré de decir que España es como un dolor de huevos. Lo es, y todos conocemos las razones de tal afección. Tal vez hoy no sea el mejor momento para decirlo. Porque en cada lado del meridiano no faltan los que aprovechan la voz, anónima o no, para izar su propio ideario delirante, para colar su granito de odio.  Siendo objetivos podríamos decir que España no está en cuestión. España es un país, como cualquier otro; se puede entender que si Burkina Faso es un país, España también lo es, así como Francia o Mozambique. Negarlo es ponerse a la ridícula altura e inopinada verborragia de Willy Toledo. Pero hoy día de la Hispanidad celebramos algo más que la existencia y la contingencia de ese país que es España, celebramos los días que a toro pasado creemos saber que fueron mejores, días de gloria, y en esos días incluimos a todos aquellos países que tuvieron que ver con nosotros de la manera que sea. Ni celebramos un genocidio ni celebramos esa borrachera de gloria que algunos atribuyen a sus antepasados, nada de eso, es mucho más simple.

En los últimos años el debate se ha desarrollado cada vez con más encono y agresividad. El debate sobre la cuestión española. A algunos se le retuercen las tripas solo oír hablar del desfile de las Fuerzas Armadas. Otros saltarían como espontáneos exaltados a besar la bandera. Unos y otros harían bien en hacérselo mirar.

Uno hoy no puede sentirse orgulloso de casi nada de lo que pasa en España que no sea, por decir, lo que ocurrió ayer en Vejer de la Frontera y su lomo en manteca. Cosas así. La España digna de defender es la de una cultura de siglos y la Historia de los muchos que, naciendo en España, hicieron del mundo un lugar mejor. La España digna de defender es la de los que tiran del carro y procuran vivir de la mejor manera posible pasándolo lo mejor que pueden y riendo siempre que se da la ocasión. La verdadera seña de identidad del pueblo diverso que es hoy España es la solidaridad y el generalizado buen humor de sus gentes, la impresionante y variada gastronomía, una lengua universal con la que se escribieron obras universales, artistas que dejaron en sus obras un pedacito del lugar que nacieron para donarlo al mundo como muestra de lo mejor de su herencia como españoles; la verdadera España, digna de defensa, es aquella que el españolito y el no españolito, el inmigrante, el turista, el refugiado, puede amar por lo que la tierra le puede dar de vida, y no de muerte; uno es de donde pace... y en España, todo hay que decirlo, se pace bien.

Luego están las extremas izquierdas y derechas, también los borregos de unos y otros que sumados son legión, lo que viene siendo el dolor de huevos. Izquierdas y derechas pelean como en Duelo a garrotazos de Goya por el trozo de pastel que para ellos representa España y que no tiene absolutamente nada que ver con aquello del pueblo solidario que España es y el buen humor de las gentes españolas y el largo etcétera. Las columnas de opinión de los periódicos son en la mayoría de casos como agrios vómitos cayendo por una pared que debía ser blanca, vómitos rojos o azules, da igual; si uno no supiera que para estar ahí todos maman de teta de vaca gorda -cada uno la suya- se asustaría al ser testigo y víctima de tanto odio. No son las ideas, son los ideales, sus hijos bastardos y no poco putañeros. Tuits o estados de Facebook duelen a los ojos de quien presume de cierta racionalidad o sentido común, escupitajos verbales en la cruzada personal de quienes creen que un trapo es sagrado o de los que creen que el trapo no es sagrado porque no le gustan sus colores. Y la verdad es, que trapo, lo que viene siendo sagrado, nunca es, independientemente de su color; porque trapo, por mucho que trapo quiera significar, trapo es al fin y al cabo, nunca se vio trapo dando de comer a nadie ni aliviando sufrimiento, nunca el símbolo ejerció de otra cosa que no fuera símbolo, un recurso, un anillo para gobernarlos a todos. Digo yo que la vida es incuestionablemente más importante que todo símbolo. Y no, ni de coña es aquello de qué puedes hacer tú por tu país, porque tu país, tuyo, no es. A él llegaste por casualidad. Y no, es tu país, articulado por eso que hemos dado en llamar democracia, lo que debe hacer por cuantos vivan bajo su techo y que hacen posible que el país, España, siga siendo país, números sin los que a todo país les sobra el nombre y toda la parafernalia simbológica y estructural.

Se celebra en mi casa esta españolidad a medias. Lo que para Mariano Rajoy significaría ser poco españoles. Que digo yo, que uno no puede ser ni mucho ni poco español, en fin, triste figura, él como Willy Toledo. Necios.

Si bien es cierto que no son pocas las virtudes de esta tierra y sus gentes también lo es que cargamos con nuestra propia maldición de no saber dirigirnos como el país que somos. Nos envanecemos tras la victoria del español para no perdonar jamás su probable -inevitable en algún momento- flaqueza, despreciamos el talento -el verdadero talento-, votamos a la mafia de rancio abolengo por insana costumbre, nos asustamos con el progreso, preferimos la superchería al conocimiento,... También son rasgos de nuestra seña de identidad. Así que a medias, ya digo, celebramos en casa nuestra españolidad: por cada poquito de orgullo un poquito de vergüenza. Lo que nos queda para una celebración completa lo dedicamos a la autocrítica. De esta autocrítica se entiende el celebrar todo esto hasta su justa mitad.

Mientras unos y otros, a ambos lados del meridiano, gritan, existen otros que se fueron con poca esperanza de volver. Ni unos ni otros saben, los extremados digo, qué significa celebrar el día de la Hispanidad lejos de casa porque en casa no queda o no dejan donde pacer.

Quienes por su país no han hecho más que llenar la barriga y las cuentas en bancos extranjeros se dan golpecitos de pecho al ver a los valerosos soldaditos pasar en estricto orden cerrado. Es como si dijeran: "míralos, allá van, tan serios ellos y tan marciales, ellos, los que van a morir por nuestros business allende las fronteras". Quienes aspiran al título de salvadores de una patria insalvable, otrora clavo ardiendo o esperanza u oportunidad, señalan con ignorancia -con muy poco sentido del contexto histórico, con torpeza- como genocidio el descubrimiento de América: hechos acaecidos en un momento en el que en el mundo un crucifijo y una corona eran la ley y el orden. Ya no es así, afortunadamente: las coronas son de bisutería y los crucifijos solo acojonan a Drácula. Me resulta un insulto el desarrollo de una explicación.

Celebrar como se celebra esta festividad, enalteciendo los mismos valores de otro tiempo de infausto recuerdo, aviva el fuego del rencor, y el rencor azuza al odio. El español quisiera sentirse orgulloso de algo que no sea la cabra de la legión y la pose de unos políticos que le han decepcionado. Más que un día para agitar trapos los españoles quisieran celebrar su españolidad con el orgullo de quien quiere compartir el sentimiento, y no con el orgullo del niño que arrebata un juguete a otro niño. Han conseguido que el trapo no represente a nada ni a nadie que no sean los herederos de aquel bando vencedor. Se ha de hacer memoria histórica, pero una memoria histórica para el orgullo, rememorar cuanto puede hacernos sentir orgullosos; que en España no es poca cosa.

España es un país grande, y es un país libre, pero grande y libre de verdad, lo es gracias a cada currante, gracias a todos aquellos que en representación del conjunto luchan por una victoria en cualquiera que sea la empresa, siempre y cuando sea la empresa motivo de orgullo y no de vergüenza. Hemos llegado al siglo XXI de milagro, por los pelos, sacudiéndonos tal vez el polvo de los viejos escombros de la chaqueta. Pero hemos llegado. La españolidad no se demuestra dando un beso de tornillo a una bandera, ni siquiera yendo a ver a nuestros militares desfilar ante quienes manejan los hilos del país; militares que por otro lado merecen un respeto, políticos que, por otro lado, merecen una total desconfianza.  


El español quisiera sentirse orgulloso de su pasado con la solvencia que otorga el haber superado la tragedia o la infamia. El español quisiera sentirse orgulloso de su presente, mil veces machacado por quienes llevan las riendas o quienes las pretenden. El español quisiera sentirse orgulloso del trabajo colectivo realizado por el bien de sus hijos, los españoles del futuro. A día de hoy, día de la Hispanidad, nada de esto es posible. Por cada granito de orgullo otro de vergüenza. 

miércoles, 9 de septiembre de 2015

La triste alegoría


Después de todo corren por no llorar. O no. No lo sabemos si no miramos. Para mirar están las cámaras, y para ello, quienes las manejan.

Una masa informe de personas desesperadas corren a vanguardia, hacia algún lugar que desconocen y que es una promesa. Por retaguardia, la destrucción, Baal Moloch y sus fauces, ISIS y drones, un régimen tenebroso, la noche de sirenas, los impactos y sus cráteres. Así que corren, por no llorar. Caminito de.

Ella viste vaqueros, camisa azul cielo, no sé si tela vaquera también. Lleva una cámara y los graba. En realidad lo que le gustaría grabar sería un barracón lleno de cadáveres, cualquier tiempo pasado siempre fue mejor. Pero está ahí, y los ve correr. Y su rabia es tan grande, la de ella, su frustración, pantalón vaqueros, la impotencia por verlos a ellos, correr, invadir, como si del mismísimo ejército otomano se tratase, en otro tiempo, su mezquindad... vileza más allá de lo que somos capaces de asumir, aunque lo veamos.


Ellos corren y ella, cuando puede, lanza una pierna, poco importa si niños o adultos, ella golpea con saña, no suelta la cámara, provoca. Muchos corren y alguien los golpea desde su sombra. Al fin y al cabo, la vida misma: muchos corren y unos pocos golpean.

lunes, 7 de septiembre de 2015

Cádiz no crece gracias al puerto



Abre la edición digital del Diario de Cádiz con el titular "Cádiz crece gracias al puerto". La cosa tiene su gracia, no crean, un titular digno de una matrícula de honor para un estudiante de publicidad. Cádiz. Crece. Gracias. Puerto. Siempre positivo, nunca negativo, como Van Gaal, pero lo contrario. A bote pronto, así, sin leer más, sin saber más, uno que pasa y lee, qué va a pensar, sí, pues eso, que oh Cádiz, esa ciudad que funciona.

Pero no es esa la verdad. Para entender bien ese titular debemos remontarnos a antes de la crisis, debemos saber lo que la insidia de unas instituciones han elaborado con mimo insultante, aprovechando la ocasión, como buenos políticos, esto es, la miseria y la desgracia de los ciudadanos, oportunidades, decía; cómo, poco a poco, han ido cargándose un puerto que puso a la ciudad en el mapa mucho antes de que existieran los mapas, siglos ha.

Se parten el pecho estos políticos cuando hablan de crear empleo. No dar trabajo, no, sino crear empleo, que lo uno no es lo otro y lo otro no es lo uno según impone la neolengua y el discurso y lo cerca o lejos que estemos de unas elecciones o los datos del desempleo. Aclara después la noticia que el crecimiento es meramente una cuestión de dimensiones, donde antes había un par de metros ahora habrá cincuenta, y después de decir esto, todas las falsas posibilidades que va a suponer tal crecimiento. En este empeño de convertir la ciudad de Cádiz en un bonito expositor, una exótica antesala de la capital andaluza para cruceristas, la APBC (Autoridad Portuaria Bahía de Cádiz), la Junta y la cretina de pelo rubio se cargaron no poco empleo en el puerto de Cádiz, el equipo de gobierno actual anda cazando moscas al respecto. Asfixiaron los ya escasos tráficos que frecuentaban los muelles ahora arrebatados y que generaban auténtica riqueza en forma de puestos de trabajo directos a portuarios, e indirectos, a las empresas consignatarias y sus empleados en favor de un "Plan Estratégico" al que no se le sospecha estrategia alguna, si no es la de dar más espacio a los tráficos limpios, esto es, las tasas que se le cobran a los cruceristas una vez han dejado sus naves, tráficos limpios, atraques y aquellos cuyos ingresos pasan a manos de las instituciones sin pasar por uno solo gaditano.

Mientras tanto se le marea la perdiz a una plantilla cada vez más mermada de portuarios que cada día temen un poco más por la pérdida de sus puestos de trabajo. Se ha descuidado el puerto de Cádiz en una larga pero exitosa maniobra de abandono sistemático, se ha quedado antiguo. Ahora, a José Luis Blanco (PSOE), presidente de la APBC, que lo más parecido que ha visto a un barco en su vida ha sido un pelícano, de actividad portuaria ya ni hablamos, Blanco, en avanzado estado de descomposición política el hombre, que ya se sabe cómo se llega a ocupar tal puesto en Cádiz, se le llena la boca con una desgracia generalizada hecha oportunidad y baza, quién sabe, para futuras bazas y oportunidades de partido. Y claro, Diario de Cádiz nos la intenta colar, qué pillines. Nos venden puestos de trabajos donde no se ven más que puestos para vender postales y guías, de Sevilla, claro, de Sevilla, que es adonde responden que van los cruceristas siempre que son preguntados por los incómodos portuarios, ya con sal y mosqueo de siglos pegados a las escamas.

¿Cómo, pues, se le vende una moto a un portuario? Fácil: la nueva terminal de contenedores. Toda vez que el tráfico rodado a partir de buques Ro-Ro ha sido aniquilado por el alto coste del atraque y la cada vez menos capacidad de maniobra para vehículos, tráfico de Marruecos (dos veces por semana: trabajo) incluyendo el alquiler de la rampa móvil que posibilita la descarga -por el camino moría la empresa consignataria TPC- la idea fue apretarle los tornillos a las grúas portacontenedores de Concasa (tres tráficos por semana: trabajo)  dificultando la concesión de terrenos para el manejo con maquinaria de contenedores. En Concasa ya desmontan para poner caminito a Huelva, puerto en auge gracias no solo a la buena gestión de las instituciones, también a la buena voluntad, en este caso, para crear verdadero empleo, que es de lo que trata todo esto. Pasa que los barcos para Navantia no nos deja ver el bosque, pero que bosque, como las meigas, haberlos haylos, y el bosque es un puerto comercial en desenfrenada decadencia, una ciudad realmente jodida, hablemos claro, el puerto que históricamente fue motor de una ciudad, que unos creen ver bonita y otros la vemos desangrada. En esto el artículo de Diario de Cádiz no se coge los dedos y cita textualmente las palabras de Blanco: "Cádiz es una ciudad administrativa, turística y comercial..." En ese orden, con esa poquita vergüenza. Y resulta que es el orden de esas prioridades lo que lleva mal en Cádiz desde hace un tiempito. Porque no, porque Cádiz ni es Malta ni es Dubrovnik; una bonita ciudad, que lo es, pero no es Venecia, y por supuesto, no es Sevilla, capital andaluza, pero sobre todo, capital de Susana, cuyo puerto, curiosamente, sí tiene actividad comercial, aunque los barcos deban pasar una auténtica odisea al remontar el Guadalquivir. En Sevilla, como en Huelva, se nos gana en voluntad, que no en tradición portuaria, que en eso, insisto, Cádiz tiene escuela desde lo del huevo de Colón.

Decía la nueva terminal. A día de hoy la nueva terminal es una moto sin marca ni casco. Bien avanzadas sus obras, los portuarios no consiguen explicarse las razones por las cuales no reciben noticias de las empresas interesadas en su explotación, una explotación que como mínimo podría ampliar la plantilla de portuarios en 150 trabajadores, sin contar el personal necesario para el funcionamiento de la empresa consignataria.  El artículo de Diario de Cádiz nos cuenta que el concurso tendrá lugar en 2016 y la mencionada explotación, humo de momento, para primer trimestre de 2017. Y claro, concurso, ya sabemos lo que pasa con los concursos, que nos tiemblan las canillas, no digo nada lo portuarios, acostumbrados a que se las den con y sin queso. Las obras para la nueva terminal de contenedores, decía, se encuentran en fase avanzada. Pero la APBC necesita como el comer, el cobrar, un dinero que Europa no piensa soltar hasta que el inexistente puerto de carga y descarga no demuestre que su explotación es rentable, no vaya a pasar como los famosos aeropuertos en los que ni despegan ni aterrizan aviones, que no son en Europa sencillos currantes como los portuarios, que ya sabemos cómo las gastan, sobre todo después de haberles vendido gato por liebre más de un millón de veces en materia de subvenciones. Pero sin pasta, ni se pone fin a la obra y, finalmente, tampoco veremos grandes empresas del movimiento de contenedores pujar por el business, que insisto, interesan tanto como los barcos que prometen construirse y repararse en Navantia.   

Mientras tanto, eso sí, tenemos nuestro fantástico Plan Estratégico, vete tú a saber para qué. "Será un sitio muy versátil" dice José Luis Blanco, también dice algo de lo chulos que quedan los conciertos allí, que es como decir que, bueno, en realidad no tenemos ni puñetera idea de qué vamos a hacer (un parking, qué si no, por ejemplo), pero que mangar, mangaremos, que de eso nosotros sabemos tela. Nada de lo que dice el artículo del periódico gaditano huele a creación de puestos de trabajo, nada en absoluto, o, en cualquier caso, precarios puestos de camareros/gondoleros, empleos que suben y bajan como los mareas, según temporadas.


Si una ciudad como Cádiz vive de espaldas al mar, muere, como lo harían las gaviotas, de irse a vivir a la Mancha. Y no, Cádiz NO crece, ni gracias al puerto ni a nada, hacen más anchas sus aceras, nada más.

domingo, 6 de septiembre de 2015

Sangre por las venas



Se me abre de nuevo el debate. Siempre lo hacen otros, no yo, que lo considero innecesario: vamos a ver, ¿tú eres de derechas o de izquierdas? Para empezar servidor es ingenuo, sobre todas las cosas; de segundo, un tipo desmedidamente apasionado. Esto último trae no pocos disgustos, hasta que la edad lo haya pulido, no demasiado, espero, frustraciones propias del poeta romántico. Pero ingenuo, decía de mí, e insisto, ni de derechas ni de izquierdas, más bien un peatón humanista. Que no es lo mismo que decir de izquierdas, que la izquierda tampoco ha demostrado serlo una vez alcanzada la falsa victoria. Tampoco soy de Podemos, no me considero un podemita: en el mercado están las peras, las manzanas y las naranjas; y las peras están pochas, las manzanas llenas de bichos y las naranjas, aunque caras, tienen buena pinta; ¿qué voy a comer de postre? Claro que decir, mi pensamiento es de corte humanista, suena pretencioso, cuando no debería. Y suena pelín cursi decir que se es un ser humano que no solo se preocupa de sí mismo, sino que también se preocupa por otros semejantes y, en esa línea, en el pasado, presente y futuro de la especie pensante de entre todas las que habitan este globito verde y azul, al que, de seguir así, le queda no más de un cuarto de hora. Quien no haya visto el mal, quien no ha sido capaz de reconocerlo en sus propias palabras y acciones, tiene poco material para ver la realidad del mundo en toda su complejidad, de intuirla siquiera.

La complejidad de ese mundo y la ceguera generalizada son la causa de que al ser publicada la fotografiada del niño sirio durmiendo el sueño de los justos en una orilla turca muchos traten de hacer política con un problema que ante todo se ha de solucionar siendo humanos, ni de derechas ni de izquierdas, ni europeos ni alemanes ni españoles, humanos. Ahora en estos tiempos, veloces como un Cadillac sin frenos, que dijo Sabina, nuestra humanidad parece perdida, del todo y sin remedio. El columnista Enrique García-Máiquez trata de colarnos en su espacio "Su propio afán", tan propio, en el Diario de Cádiz, los supuestos factores económicos y culturales que no estamos valorando por un prurito de sentimentalismo en el asunto de la acogida de refugiados; lo hace bien, tiene oficio en esto. Su buen uso de la pluma es un desperdicio cuando lo que se escribe roza lo mezquino, cuando no una carencia total de empatía, una lamentable ausencia de humanidad, muy poquita vergüenza. Es uno entre muchos. Tampoco tiene sentido difundir la noticia que circula por ahí queriendo vender que los hambrientos que escapan de la guerra rechazan comida por llevar estos paquetes la conocida cruz roja por ir en contra de su religión. Hay quienes han abierto en Facebook una página llamada "Aforo completo", nada que comentar al respecto. Va a resultar válido aquel versito que escribí hace un tiempo que dice "que no es cierto, que haya más poetas que genocidas". Lo cultural y lo económico importan bien poco cuando vemos que las aguas nos devuelven ahogados los niños de aquellos que huyen del Mal, de la guerra.  

Los señores de la UE han prometido tratar el asunto de los refugiados el día 14 de este mes. Si saben que van tarde en esto y además no se reúnen de urgencia, lo que sí es una certeza, es que se la suda muy por lo bajo lo de los niños ahogados, lo de sus padres y lo que ocurre en Siria, tan veloces que fueron con Libia, tanto como lo fueron en Irak. Allá van los soldaditos, de ayuda humanitaria.

Había quien denunciaba la imagen del pequeño Aylan -o que abrían debates paralelos sobre ética periodística, mareando la perdiz más que nada, dando a valer su opinión por ser su opinión tan merecedora de reconocimiento, la mía es más larga y gruesa than your- por lo desagradable de la misma, que era poco útil su difusión, que como esa habían visto muchas y que no servía para cambiar nada. Muy poco tenemos realmente los peatones para cambiar las cosas, un mínimo margen de movimiento y apenas unas pocas herramientas. Entre esas herramientas están las redes sociales, que no todo va a ser ordinariez y autobombo e hipocresía. A partir de la respuesta general e indignación mostrada en las redes, la presión ejercida como uno más de esos pocos fenómenos espontáneos y justos que ayudan a la reconciliación con el ser humano, el discurso de los mandamases europeos cambió y las cifras de personas a refugiar también, se empezaron a manejar más del doble de lo que se había tratado en un principio.


Me preguntaban al respecto de mis inclinaciones políticas: ¿qué prefieres, el orden o la justicia? Estaba claro que si respondía una cosa era de derechas, si la otra, de izquierdas. Me niego a responder, obviamente, para no seguir un juego pueril. Esperé un poco antes de decir que el debate entre izquierdas y derechas me parecía antiguo, poco eficaz, me apoyo en lo que sabemos del siglo XX. Fue entonces que el problema era que yo pertenecía a otra generación, una más reciente, como si no habitase uno el mismo mundo que ellos, como si mi realidad fuera otra distinta. Podría haber dicho algo de lo vivido hasta este preciso momento, lo que he visto en otras partes del mundo -un mundo dentro de este mundo-, lo que una vez provocó en mí el pensamiento en el que la política tiene un peso menor que otras cuestiones. Pero no lo dije. Ver y vivir cambiaron una forma de pensar, de entender, ir un poco más allá en los problemas que aquejan a la humanidad de estos tiempos, de este Cadillac desbocado. Es por eso que creo que la fotografía del pequeño Aylan es necesaria, también otros tendrían ahora la oportunidad de ver y de vivir, si aún les corre sangre por las venas, y se olvidarían por una vez en su insignificante existencia que son de derechas o de izquierdas; sobre todas las cosas, son humanos. 

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Si te dicen que me ahogué




Ya no sabe uno si esto tiene que ver con el momento de la Historia que algún escriba redactará con medio limón mordido y estrujándose en los dientes o si es como decía el ilusionista un producto de nuestra más que fantasiosa y aterrada imaginación. Los días se suceden llenando los ojos y los oídos de vorágine autodestructiva, ese leviatán enseñando siempre la caballuna dentadura, la ferocidad de una realidad monstruosa mezclada con el crudo hormigón de los días y los días que se prometen ahora otoñales, días sangrantes y grisuras y días de los de a morir cada día un poquito. La rueda sigue girando siempre en la víspera de lo infinito, totum revolutum, tener sobre el ser, el miedo, siempre el miedo, el miedo al diferente y al otro mundo que no es el nuestro y que es el de otros que sufren y que nos hacen sufrir más por egoísmo que por pura empatía, la empatía cada vez más algo artificioso, insufrible empatía, aleja de mí este cáliz. Ya no sabe uno si es la madurez, qué cosas, madurar, si es la madurez lo que te lleva a por el camino de la anestesia o por el camino de la compasión, es tan puta la tristeza. Si te dicen que me ahogué: cuando una imagen vale más que todas y cada una de las combinaciones de un abecedario. La muerte se abre camino: se traga la mar criaturas fantasmales en éxodo doliente y luego las esputa como se hace con la bilis de un capitalismo al que le sobran números de a dos patas y le faltan siempre dos patas de cifras colosales, Moloch del siglo veintiuno, este del posmodernismo y su deidad original fenecida, el siglo del cinismo, dioses que sentaron la cátedra del terror ahora recogida la doctrina del humano vivo y muerto. Así las cosas, que empiece el aquelarre, ya nos ocuparemos de la hoguera, son na más que unos pocos brujos gurús de la sinrazón. La razón no entiende de patrias ni fronteras. Yo nací aquí en un lugar sin horizontes lleno de semejantes, de qué me hablas cuando me hablas de aquí o de allá, nacimos, qué más quieres, no te parece excesivo, a qué pretender la eterna sonrisa, refugiados en el meridiano de sangre. Soy del lugar mismo en el que me han puesto mis pasos y antes los pasos de otros y antes que eso los pasos de otros, tierra de caníbales siempre, de faraónicas calamidades y de muertes inexplicables, soy entonces de cualquier sitio en el que algún día enterrarme bajo una roca y sin más mortaja que lo que fui para quienes me quisieron y me odiaron. Frenéticamente y enloquecidos, vivimos un ensayo sobre la ceguera, un Macondo extrapolado, una tortura mecánicamente mediatizada por los hijos del billete verde y la mierda blanca pa la nariz y las tarjetas Black. Y en el Mediterráneo, muerto el perro, se acabó la rabia. Y la rabia devorándonos por dentro, a los que nunca nos adaptamos y a los que nos negamos a ver el mundo correcto de los correctos y políticamente sin escrúpulos que tal vez nacieron de una loba y que hoy se alojan en casas blancas encaladas con el amasijo de ceniza que sobró de las ruinas del segundo mundo, de lo que pudo haber sido y nunca fue, como flagelos cabezones precipitados por un ojo de retrete. Tristes guerras, si no es amor la empresa, tristes, desheredados hijos de un dios menor, tristes, aquellos que viven el tener por encima del ser, más tristes, quienes pasan una vez por el planeta sin haber reído o llorado por lo que merecía ser sufrido o disfrutado. Pero el perro no muere, es lo que tienen las guerras posmodernas, designadores láser en la proa del drone, califatos homicidas, Babel entre llamas, Sodoma sodomizada, todos víctimas: verdugos de los hijos de los hijos. Construyamos una nueva Babilonia en la que los hombres estrangulen a sus mujeres y pongamos en todos los hogares un televisor de plasma, para todos los públicos, que así las penas son menos. Llegará la extinción como el eructo de un árabe, como alivio de ventosidades, muy agradecido pues. Insisto, que dónde es esto en lo que estamos, qué extraña pesadilla kafkiana de las comisiones bancarias, la de los eternos imputados sin cárcel probable y los infantes corruptibles y las orillas sembradas de cadáveres, dónde, cuándo llegamos y, sobre todo, cómo coño se sale, en qué momento se nos anuncia la estación de servicio, para expulsar toxinas por vía urinaria, para echar un piti, ahí al lado, lejos del mundanal ruido y este insufrible sentimiento trágico de lo que es imposible vivir porque apenas queda aire para respirar, lejos de ser like a rolling stone, knockin´on the heavens door. Cierran librerías por exceso de  viejas novedades, mueren los escritores por superávit, el entierro de la caballa lectora, no pueden cerrar los cines, que ya lo hicieron, pero cierran sus piernas las diosas del futuro, cierran los puertos y los barcos se escapan, cierran el Gólgota, por defunción, sierran el árbol de la ciencia, yerran los jóvenes sin esperanza que buscan futuribles indefinidos allende las alemanias y otras tierras que guardar, cierran pues las fronteras, trenes que no llegan, pueblos que esperan el último tranvía. Y los días pasan. Unos tras otros. Los observadores de las naciones resurgidas del nazismo, los gulag y los obuses, de los bigotes malencarados y el relámpago en las entrañas, also the most famous nigger of the world, analizan con entusiasmo la posibilidad de un puente de carne magra para anexionarse el continente africano. Las primeras conclusiones abogan por un aumento de las masacres. Señalan a los hombres que gustan del feminicidio apuntarse a esto de verter carne al mar. Este año tendremos más gruesas las gaviotas. Mar de fondo y Europa, ese cauce natural del capitalismo entre los Pirineos y los Alpes, esa puta resabiada propensa al genocidio, da luz verde al inmovilismo, cuando no es pa mangar, sí señor, andan felices los mercados frau doña muy señora mía (luce usted tan hijaeputa como siempre). Rueda la rueda, pasa la vida, las hojas caen, más que nunca en otoño, cuando la primavera ni está ni se la espera. Qué prisas estas por irnos todos al carajo, ¿no te parece? Eh, ¿es a mí? es que jugaba el Madrid. Morimos cada día un poquito más con lo que matamos, más, si contamos a la industria auxiliar, los muertos indirectos. 

martes, 25 de agosto de 2015

Nada de barcos


Ahora que nos luce el pelo y que las penas parecen menos, que siempre nos ha encantado esto de aparentar y de aplaudirnos, se me hace oportuno la publicación de este cuentecito.


Fuente: Kiki. Diario de Cádiz.

La superficie enervada de las aguas de la bahía. Las aguas de la bahía de un verde mate, como un color muerto. Un verde difunto festoneado de blancos y fugaces latigazos. Mira el puente a lo lejos, a medio construir. Le gustaría ser el único testigo de la ola destructora que acabase con su insultante presencia. Un puente, para qué un puente; sobre la mar, un puente. Nada de barcos. Un puente. No lo dice. Lo piensa del mismo modo que imagina la ola y de la misma manera que ignora el frío del alba retenido en el rugoso granito de la balaustrada. Se recuerda veinte años antes. Entonces apenas pensaba en barcos. Después de recordarse recuerda la última vez que vio al niño que ya no es un niño y que es abogado. Misteriosamente para nosotros, lectores o testigos de una ficción que nos invita a pensar que la ficción es la única realidad posible en este preciso instante; e inexplicablemente para él, casi una confusión, puente y niño, significan la misma cosa. Como si puente (que jamás verá construido del todo) y niño hombre abogado anunciasen su inminente inexistencia.
          
          Pero cuando piensa y cuando recuerda no lo hace de una forma que podamos entender un gesto de autocompasión. A pesar del frío lleva remangadas las mangas del viejo jersey, las mangas arrugadas por encima de los codos huesudos, y los puños de la camisa a rayas azul celeste doblados y sobre el jersey, desnudos sus antebrazos velludos como tensores. Sobre su cabeza una vieja y descolorida gorra azul de la Armada con un barco gris en relieve bordado y bajo éste una letra y unos números del mismo color verde muerto del pedazo de mar atrapado y en sofoco que contempla.
          
         La señora, en la casa, no quiere saber nada de puentes a medio construir y barcos. Para ella también sigue siendo el niño. No es el mismo niño que para él. La señora en la casa sonríe cada noche, ya en la cama, junto a sus ronquidos y la tos que finalmente se lo llevará a la tumba; sonríe al escuchar a través de las finas paredes los exagerados gemidos de la muchacha en la casa vecina. Cuando él piensa que la muchacha vecina es una moza que está de muy buen ver la señora también sonríe porque sabe lo que él piensa y porque recuerda cuando ella era moza de tan buen ver como la muchacha vecina y él la miraba y pensaba lo mismo y ella lo sabía.
          
            Ni un cigarrillo más. Piensa él ahora, sin saber que ya es tarde. Alza con el pulgar de su mano derecha la visera de la gorra, el puente al frente sobre las torpes olas sin rumbo, las olas más pálidas en el choque con otras olas. La señora llena un cubo con agua y lejía en el cuarto de baño del piso de arriba.
          
          No, ni un cigarro más. Un puente. Mira de nuevo en dirección al puente. Un puente. Sobre la bahía, un puente; nada de barcos. Aparta sus manos de la superficie fría y granítica y adelanta su pierna derecha. Dobla su cuerpo torpemente, lento, un gran esfuerzo, incómodamente su vientre de escollo para sus vertebras caducadas; y resopla cuando se deshace del zapato y el calcetín y mientras ondula dobleces ascendentes en la pernera del pantalón hasta llegar justo debajo de la rodilla. Repite la acción con la pierna izquierda.

          
          Un puente. Nada de barcos. Pasa una pierna sobre la balaustrada y luego la otra y luego desciende a una roca que no daña las plantas de sus pies porque las plantas de sus pies son ya también de roca. Al niño le gustaba cuando sus pies eran cosquilleados al hundirse en el fango. Da un paso y baja de la piedra y al hundirse levemente en el fango saca una bolsa de plástico del bolsillo derecho del pantalón. Ya sin mirar atrás, con la determinación de quien se sabe victorioso y victorioso sobre todas las cosas que nada importan, como si el tiempo fuese una fuerza aniquiladora e inefable, y no otra cosa, vida vivida y por vivir; con esa determinación del que se sabe viejo ignorando que también es sabio, a su manera; ya sin mirar atrás, con esa determinación, abandona la tierra, pasea como quien nunca conoció la solidez de la tierra firme, bahía adentro, sobre el fango en dirección al puente, por el fango.

jueves, 20 de agosto de 2015

Apología y petición (Jaime Gil de Biedma)



Y qué decir de nuestra madre España,
este país de todos los demonios
en donde el mal gobierno, la pobreza
no son, sin más, pobreza y mal gobierno,
sino un estado místico del hombre,
la absolución final de nuestra historia?

De todas las historias de la Historia
la más triste sin duda es la de España
porque termina mal. Como si el hombre,
harto ya de luchar con sus demonios,
decidiese encargarles el gobierno
y la administración de su pobreza.

Nuestra famosa inmemorial pobreza
cuyo origen se pierde en las historias
que dicen que no es culpa del gobierno,
sino terrible maldición de España,
triste precio pagado a los demonios
con hambre y con trabajo de sus hombres.

A menudo he pensado en esos hombres,
a menudo he pensado en la pobreza
de este país de todos los demonios.
Y a menudo he pensado en otra historia
distinta y menos simple, en otra España
en donde sí que importa un mal gobierno.

Quiero creer que nuestro mal gobierno
es un vulgar negocio de los hombres
y no una metafísica, que España
puede y debe salir de la pobreza,
que es tiempo aún para cambiar su historia
antes que se la lleven los demonios.

Quiero creer que no hay tales demonios.
Son hombres los que pagan al gobierno,
los empresarios de la falsa historia.
Son ellos quienes han vendido al hombre,
los que le han vertido a la pobreza
y secuestrado la salud de España.

Pido que España expulse a esos demonios.
Que la pobreza suba hasta el gobierno.
Que sea el hombre el dueño de su historia.


(Después de esto apenas queda nada que decir. No existen las justas palabras que obliguen o recomienden al ánimo de la lectura breve; leer estos versos y después nada más, no leer más sino pensar, de forma activa, como harían si lo fueran los seres pensantes de un Mundo a la deriva gravitacional del Universo. Después de esto el español, ese huerfanito lastimero, ese palestino sin cojones ni vergüenza, debería concederse lo que dura un cigarro y volar -que en ocasiones, para nosotros, criaturas que se creyeron lo del infierno y el paraíso en algún momento, es como pensar, de forma sencilla y sin complejos-, volar el aire cálido del verano -otro más- que dejamos escapar. Después de leer estos versos uno debería reescribir aquel aforismo de Benitez Ariza y correr hacia el espejo; no leer más, como si lo leído ya fuera suficiente, como si fuera tal que una cita en la que nos prometimos "una solo, luego para casa". Así creo yo que se debería hacer después de esto, porque pocos lo escribieron igual, sobre España, en redondilla y minúscula, despojado de la falsa gloria y la injusta gloria que una vez creímos heredada y que ahora más que nunca sabemos inexistente o breve, distinta tal vez, falsa en cualquier caso o ineficaz de cara a un futuro en el que difícilmente caeremos de pie. Después de leer el poema de Gil de Biedma, de este poema, no leamos nada más durante un ratito -es lo más que puedo llegar a esas justas palabras-, dediquemos la mirada a cada cosa a nuestro alrededor y definamos un nuevo cosmos en el que todo es diferente porque lo hicimos diferente, más sencillo, menos nocivo, más justo en el sentido literal del término y menos homicida, en el sentido literal del término. Busco las justas palabras que inciten al mal pagado gesto y perdida costumbre de reflexionar como si fuera útil -o más bien necesario-. Háganse un favor tal y como procura este amigo que les quiere bien, al fin y al cabo: quítense la ropa, lean el poema. Luego me cuentan). 

sábado, 8 de agosto de 2015

En la ladera de un monte más alto que el horizonte quiero tener buena vista.


Traduzco sus palabras. Le cuesta mantener un discurso propio y duda. "Yo me entiendo" apunta continuamente como jalonando la opinión apenas elaborada. Así, un niño de trece años, mi hijo, me dice que prefiere cierto orden, y aunque no se considera racista él prefiere y defiende un ellos allí y nosotros aquí, ¿no han sido siempre así las cosas? Hay orden. Cada uno en su lugar. "Yo no soy racista", "ellos... culpa... terrorismo... mi país, su país... una Tercera Guerra mundial". Traduzco sus palabras porque se maneja torpe con ellas y porque el tema en cuestión es, en principio, un tema más propio de una conversación de adultos. En todo momento se aprecia la diferenciación ellos/nosotros. No se puede acusar a un niño de trece años ni un niño de trece años puede ser sospechoso de casi nada. Gira el mundo a su alrededor y extiende sus brazos y con sus manos alcanza muy de vez en cuando algo parecido a una certeza. Su seriedad al hablar es la misma a la que obliga el miedo. Al fin y al cabo ellos le dan miedo, tanto como a Reino Unido.



Según informe de Naciones Unidas más de 230.000 emigrantes han conseguido llegar a Europa de forma ilegal este año, una parte considerable a la Grecia del corralito, ya saben, lo del perro flaco; más de 2.000 han perdido la vida en las aguas que separan un continente de otro, el europeo y el africano, un número que supera escandalosamente los 1.600 del año pasado. Fugaces imágenes y titulares se suceden diariamente en los distintos medios. Somos espectadores de la tragedia mediterránea.





Un niño de trece años ha escuchado campanas pero no sabe muy bien por dónde. Es cuando le hablo y le cuento y presta atención que su forma de mirar cambia y su discurso se ve inevitablemente bloqueado. Es cuando le cambio el nombre, el suyo, y le relato el cuento de Omar o Mustafa o Lamin, nombres de otro mundo que desconoce y que no puede imaginar, que sabe que se ha perdido algo entre lo que consigue entender del exceso desinformativo.



Claro, el relato de Omar, Mustafa o Lamin empieza como aquellos cuentos de la vieja Arabia en los que el viento cálido del desierto peina de dunas la arena gruesa y amarilla de kilómetros de soledad que recorren caravanas de hombres, animales y mercadurías; románticas aventuras del medio oriente llenas de belleza natural y cultura hospitalaria, aventuras ricas de exotismo, amor y valores; empieza así, el cuento; y acaba en muerte flotante y danzante sobre los borreguitos de alta reluctancia bajo el sol del Mediterráneo. Aquí la salvedad es que la aventura se llama guerra y que, a diferencia de aquellos cuentos, en la guerra se muere, y no poco, sino continuamente y de forma brutal. Sí, hijo, le dije tal vez, una bomba no te pregunta la edad, si eres combatiente o no, mujer u hombre, si alguien llorará tu pérdida o si tu pérdida significará la ruina de la familia que una vez fue tu sueño. Sí hijo, allí están ocurriendo desgracias cada día. Y sí, hijo, allí es donde viven ellos, de donde vienen ellos.

Pero también son ellos los terroristas, papá, vino a decir, o tal vez no y solo lo pensó y yo lo leí en sus ojos, y siento miedo, dijo, ¿cómo vamos a permitir que traigan sus costumbres, el terrorismo y su religión, mucho peor, adónde vamos a parar, que la nuestra, que no mata a nadie?



Si alguna vez han intentado explicarle a sus hijos qué son Al-Qaeda, Estado Islámico o Hizbullah, pasando de puntillas por Boko Haram, habrán visto lo difícil que resulta, no a ellos entenderlo, sino a nosotros explicarnos, siempre y cuando exista una clara intención de informar y no de deformar una realidad, la intención de hablar de un problema mucho más profundo que el mero ellos son los malos y, nosotros, correctos y formados europeos, los buenos. No salgo mal parado sin embargo. Le hago un repaso por el integrismo islámico moderno, desde los egipcios Hermanos Musulmanes hasta nuestros días, hasta lo que ocurre en Siria o lo que podemos solo sospechar que está ocurriendo en Libia. Salgo bien parado tal vez porque también le hablo de Europa, de su pasado sangriento, y le hablo de "nuestra" religión, de su pasado sangriento, y le hablo de "nuestra" religión en Europa, le hablo del pasado sangriento remontándome a la noche de los tiempos y terminando en antes de ayer y las dos masacres que bien salpicaron otras partes del mundo. Y claro, así resulta muy fácil.



Volvemos al principio y le pido que ahora intente explicarme de nuevo eso del orden, sí, aquello del cada uno en su sitio. No resulta. Le pasa como a quienes tienen la capacidad de hacer algo para solucionar un problema que se cobra vidas humanas contadas en miles. Le pasa que calla y que aprovecha para peinarse el flequillo a la vez que siente una súbita urgencia por jugar con el llavero que lleva toda la tarde inmóvil sobre la mesa, casi inexistente, como inexistentes son las voces de Médicos sin frontera o la Agencia Europea de Vigilancia de Fronteras (Frontex). Sería entonces cuando le dije que las personas que buscan con desesperación una salida de la guerra y del horror por medio del embarque masivo en cascos de dudosa flotabilidad son como seríamos nosotros, él y yo, en caso de encontrarnos en la misma situación; que buscan refugio, un lugar en el que trabajar y vivir de la mejor manera posible procurando un futuro para quienes les sucedan, él mismo, como sería mi caso. Visto así, hijo mío, ellos, curiosamente, somos nosotros, ellos, son nosotros, los nosotros que han tenido la mala fortuna de haber nacido en otro lugar, uno peor y en guerra en estos momentos, y no otra cosa.



No puedo hacerle culpable de nada, ni siquiera de su ignorancia ya algo remendada. Tampoco los adultos espectadores de la tragedia lo somos. Si podemos hacer algo es concedernos un minuto de reflexión sobre lo qué pasa y sobre lo que hacen quienes sí tienen en sus manos el futuro de esas pobres gentes, números en datos de migración "ilegal".



Los más afortunados llegan incluso a tocar tierra y a viajar penosamente hacia el norte de Francia. Allí se apiñan en un vertedero humano, apestados para nuestros ojos, con la esperanza de cruzar el mar de nuevo por el canal de la Mancha a través del Eurotúnel, monumental obra de ingeniería humana, qué cosas. Ahora, desde el Reino Unido, cuna del capitalismo que cultiva la mentalidad egoísta y acojonada del primer mundo, sí, desde donde se huye de Europa por un temor ancestral a cualquier tipo de compromiso humano, ahora, se pide a Bruselas, símbolo de la falsa unidad europea, precisamente, un compromiso para con su problema de inmigración.

Como en la crisis griega el Mediterráneo pone en evidencia la existencia de esa Europa que nos vendieron.

Gira el mundo a su alrededor y extiende sus brazos y con sus manos alcanza muy de vez en cuando algo parecido a una certeza, con trece años, mi hijo, y muy probablemente nada de lo que le he dicho vaya a hacer mella en su mentalidad asediada por el mensaje del miedo. Ellos seguirán siendo ellos y seguirán inspirando temor y serán rechazados por su inconsciente e inducida forma de pensar. Nosotros, la sociedad espectadora ávida de espectáculo, somos un niño de trece años, uno que ha perdido toda su santa rebeldía.