martes, 26 de noviembre de 2013

De momento: sólo silencio



Los días han pasado. Atrás quedan los días de pompa, de la falsa gloria que alimenta los corazones confundidos y atrás quedan, los sinceros abrazos y las cómplices miradas y los ojos inevitables. Flotamos nuevamente sobre raíles que parecen escupir hacia la proa su carga. Y por la proa, la incertidumbre. Los destinos insospechados con sus dudas compañeras. El futuro crujir de dientes que no por conocido causa menos angustia. No con alegría pero sí con las arterias satisfechas por la sangre que ha regado cada fibra de mi cuerpo, nos batimos cobardemente en retirada obligatoria. La soledad de una plutónica noche madrileña; la soledad en las galerías de los aeropuertos y la mala compañía, al final, de un océano que nadie sabe si existe para la vida o si existe para la muerte. Pero soledad queda después de los días que veo ya hundirse entre la espuma de la estela agonizante. ¡Cuánto hemos disfrutado: reído y llorado! ¡Cuántos días dulcemente envenenado con la cicuta que inoculan las dichas y los pesares! Y sí, soledades, que no desesperanza; que no miedo a agarrar a esto que es maravilloso y que es la vida, por los huevos, y apretar y apretar hasta que no le quede más remedio que entregarme hasta lo más nimio y fondero de su esencia. Los días han pasado y uno jamás quiso que ocurriera con tanta prontitud. Ahora esta miel que se me quedó en los labios será tercamente borrada por los días y la sal. Dejo en su propia aventura la ciudad en la que nunca llueve para embarcarme en mi propia aventura. Los días, los meses y, quién sabe, los años, hablaran o no de cierto fantasma que se nos coló en casa, cierto día, cuando el ámbar manchaba nuestros gaznates y entorpecían nuestros corazones. Toca retomar el camino justo por donde nos apeamos cuando aquello de los días de pompa y falsa gloria. Toca empuñar la espada y la pluma, la pluma, y la espada, para bien o para mal. A llenar ceniceros por la llama que no arde y la mesita de noche con papelitos pintarrajeados a lo largo de la jornada. Toca echarte de menos. Sweet surrender de Nappo Berna. Love & sax. Y la vida por delante. Que esto no ha hecho más que empezar. Eso sí, de momento: sólo silencio.

domingo, 3 de noviembre de 2013

La balada del bailarín.



Bailarín de pasos torpes y ojos cansados,
si es la música, lejana entre avenidas,
y si es sola, la música, torpes pasos;
qué música te mueve cuando bailas.

Bailarín de ritmos amarillos cerveza,
si es la música, finita como los dedos
y en la mano, la gracia, se esfuma;
qué bailas cuando cantas que bailas.

Bailarín casi vivo bailarín sollozante,
agotas las falsas melodías, en la noche,
y en la noche, son rojas las sonrisas;
qué llantos y qué risas y qué bailan.

Bailarín desnudo, no te vistas, déjalo,
no seas bailarín con los ojos, los dientes,
en la prisa tenebrosa de los besos;
qué fiestas de sangre y de fuegos cuando bailas.


sábado, 2 de noviembre de 2013

Conmigo vais


Futuros acontecimientos hacen que uno tenga que agarrar bien el freno de mano antes de seguir adelante un sólo día más. Siento desbordante la expectación creada por la inminente aparición de mi primera novela. No quiero decir que de una forma objetiva la expectación sea algo desproporcionada. Se trata más bien de la percepción subjetiva que dicha expectación me produce. Y todo esto, que imagino que será algo común a todos los escritores noveles, me hace llegar a una feliz conclusión: La gente que me conoce, por lo general, siente gran aprecio por mi persona. Porque son muchas las personas que se han hecho eco de la noticia que es la salida a las librerías de Una ciudad en la que nunca llueve; muchas y bien intencionadas y cariñosas las mayoría de ellas. Tantas y tan amables son las palabras de ánimo que me dedican, y es tanta la confianza depositada en mi novelita, que no es pequeño el esfuerzo que tengo que hacer para no olvidarme de qué va realmente el solitario oficio de escribir. Se me hace grande esto. No estaba, ni mucho menos, preparado para afrontar la promoción de la obra propia.

Puede que me quede corto si desde aquí lanzo un profundo agradecimiento a todas y cada una de las personas que, en algún momento de estos días, han dedicado un ratito de su tiempo a apoyar esta novela que yo escribí en su día y que ya es más de quien la quiera disfrutar que propia. Gracias, pues, a todos, lo mejor, está aún por llegar.



Pero sigo. El viernes 8 de noviembre, a las 19:30 de la tarde en la librería Las Libreras, Una ciudad en la que nunca llueve, tendrá el honor de compartir acto de presentación, con personas grandes a las que admiro de verdad. Mi editora, Ana Mayi, alguien a quien he conocido en tiempo reciente y a quien me será imposible borrar del recuerdo en la vida que aún me queda. Ana depositó en mi novelita una confianza total pese a ser yo un escritor que siempre había permanecido en el ámbito de lo familiar. Y la confianza de Ana implica inevitablemente el cariño que deposita en todo lo que hace. Su trabajo en esta novelita mía ha sido y es inmejorable. Para un escritor, pienso, eso es de las cosas más importantes que le pueden pasar en su carrera, corta, de momento, en mi caso. Todo escritor aspira a encontrar alguien así en su camino. Y es por ello, por lo que sé de Ana Mayi, que creo que Ediciones Mayi es una editorial grande y no pequeña, como la misma Ana trata de convencerse. Gracias también a ella y a su labor.

Tengo la fortuna de contar entre mis amigos al poeta y escritor Luis García Gil. No voy a decir nada de su obra. Su obra habla por sí misma. Luis es generosidad. Lo es, entre otras cosas, porque aun sin haber leído la novela y prácticamente, desde mucho antes de que ésta iniciase su proceso editorial, me dio un sí rotundo y mayúsculo a mi petición de una futura presentación. Sé que también él confía en este proyecto, y lo hace también desde el cariño. Luis es generosidad, pero es tantas cosas y todas ellas, buenas, que conmigo va, y el día 8, también.

Y como la fortuna no sólo tiene color sino que también suena e incluso a veces, también se recoge el pelo en una coleta, mi novelita tendrá también, para disfrute de todos, el inmenso calor que la presencia de Fernando Lobo genera. Mi gran amigo cantor, poeta y músico. Le pedí una locura cuando él ya me había sonreído y respondido que sí. Fernando está ahí siempre. Bien podría haber sido uno de los protagonistas de Una ciudad en la que nunca llueve, o tal vez lo sea, en el mismo sentido en que de algún modo todos los somos. Fernando vendrá acompañado de su guitarra, ahí es nada, y hará algo bonito, de eso estoy totalmente seguro.

Cuando vienen las alegrías uno ha dejarse llevar por ellas, aunque vengan a veces huérfanas de madre. Y todo esto que son las cosas que trae consigo la publicación de un libro son cosas maravillosas y alegrías al fin y al cabo. La vida te da tanto como te quita y yo soy fiel afiliado del partido de los que lloran cuando se le resta, así como de los que celebran con risas y palmas cuando reciben. Huérfana o no, esta alegría mía y que comparto con tantas buenas personas, hace que desde estas líneas y en esta magnífica mañana de otoño, brinde por todos vosotros con la mejor de mis sonrisas.

Nos vemos el día 8 en Las Libreras.


lunes, 28 de octubre de 2013

Canto a mí mismo



La primera vez que me acerqué a Walt Whitman, hace ya de esto un tiempito, no fui capaz de aceptarlo. Su mensaje, o la interpretación que del mismo yo me daba, trataba de cambiarme el paso de mala manera. Y como ocurre con los reclutas uno se negaba a aceptar que quien llevaba mal el paso era uno mismo y no Whitman. Pero lo más seguro es que nada tenga que ver con el paso que lleva uno y ni siquiera con la convicción con la que uno los da. Recuerdo que por aquellos días alguien me explicó con muy buenas palabras que no era mi momento para atacar esa lectura. Pero tampoco le hice caso y al bueno de Whitman lo puse en uno de esos sitios alejados de los que uno cree que nadie volverá jamás.

Tengo entre mis defectos resistirme a las lecturas que con muy buena intención me aconsejan. Me gusta aquello de la intuición del lector. A veces ocurre que esto te depara no pocos batacazos pero, aun así, prefiero guiarme por mí mismo y leer por instinto a aquellos que de alguna forma me llaman vete tú a saber desde dónde.

Me gusta el misterio que esta forma de proceder en la lectura genera. No son pocas las ocasiones en que me descubro buscando el patrón lógico que explique cómo paso de un autor a otro. Últimamente me decanto más por la teoría geográfica. Pero sé que en cualquier momento la lógica va a volver a desaparecer, una vez más y, contra todo pronóstico, voy a saltar océanos o recorrer desiertos insospechados en lo que se pasa de una página a otra.

En este caso de Whitman me reafirmo en lo geográfico. A lo largo de misteriosas concatenaciones he vuelto, como el hijo pródigo, a encontrarme con Canto a mí mismo de Whitman. Y no ha podido venir en mejor momento. No se me ocurre un autor mejor para esas épocas, recurrentes en la vida, en la que los cimientos de todo en lo que uno creía son tragados sin la más mínima compasión por la adversidad del seísmo. Whitman me ha dejado claro en esta ocasión que ha venido a quedarse, como tantos otros con los que de vez en cuando me siento a charlar. Sólo con ellos hablo realmente y sólo con ellos son inútiles e innecesarios los disfraces que la sociedad impone. Con ellos muere el hombre, el padre, el guerrero, el escritor. El bueno de Walt me lo ha dejado bien claro. Sonrío con cada sorpresa y envidio todos sus versos, que sin embargo comparte de forma tan gratuita y amable. Sin duda este era el momento del que una vez me hablaron. Me llegarán otros momentos y me veré reducido una vez más a mi propia estupidez con una sonrisa en los labios. Leyendo a Whitman uno se descubre divagando en cómo los seres humanos más sabios de la historia comparten las mismas ideas y los mismos pensamientos sin importar si entre ellos han pasado siglos o apenas unos días. Y no es que uno se considere sabio, más bien lo contrario, torpe y casi suicida, pero uno puede reconocer en seguida que los caminos de la felicidad, de la lucidez, de la justicia, están por todas partes y en todos los momentos. También a Whitman como a tantos otros, estoy profundamente agradecido, agradecido por hacerme sentir tan pequeño y tan ignorante.

lunes, 21 de octubre de 2013

Efemérides


Le contaba que el autobús nos dejó en nuestra estación de llegada a las cuatro, más o menos, de una madrugada otoñal. Las calles nos eran del todo desconocidas. No sé quién hacía las veces de guía o si alguien tuvo la ocurrencia de preguntar vete tú a saber a quién, a esas horas, por nuestro destino final. Caminaba asustado envuelto en un halo de incertidumbre disfrazado de chulería. Éramos una pequeña multitud que avanzaba inconsciente, ignorante. Risas, chascarrillos. También cada uno, a su manera, disfrazaba su propia incertidumbre. No presagiaba el cielo que fuera a llover como después lo hizo. Supongo que llegó como suele llegar en aquella parte de la península, con rabia y sin avisar. Pero aún caminábamos y la lluvia no se intuía. No fue hasta que pasamos por la puerta del Arsenal que tomamos contacto con lo que sería nuestra realidad más inminente. Pero seguían las bromas y las estupideces y la pequeña multitud de futuros pelones se fue fragmentando en pequeños grupúsculos en los que continuar con las bromas y estupideces de una forma más íntima. Gente que de nada se conocía y que compartían una incógnita futura que en algunos casos llegó a ser una forma de vida. 

Seguí solo. Aquella mitad tristeza mitad miedo hacía que sólo con mi persona me sintiera más como en casa. Nada en los bolsillos y una bolsa de deporte con lo justo de ropa apenas eran consuelo para combatir las mitades que se repartían mis sentimientos. Y pasamos el muro del Arsenal y enfilamos la carretera de la Algameca que se me antojó eterna. Aparte de caminar no hacía otra cosa que observar a los que me acompañaban, maldiciendo cada una de las ocurrencias que llegaban a mis oídos. Me creía más que ellos. Me creía mejor que ellos. Imagino que no era más que otra forma de guarecerse de la incertidumbre.

domingo, 20 de octubre de 2013

En el tren de regreso


El tren de regreso. El último medio en el que uno espera agotar sus reservas de melancolía, avanza, sobre una cómoda suspensión; algo similar a la flotabilidad de un barco en mitad del océano. Pero más relajante que sobre el mar, esta danza que hoy es electrónica, a lo largo de los raíles, permite cierta calma al espíritu que, en contraposición al balanceo en el mar, se antoja más propicia a la reflexión ante lo vivido y leído.

Lo vivido aún parece necesitar algo más de tierra firme y del amor cercano para ser, de alguna manera, digerido. Para lo leído sí que me permito una sonrisa, gesto de una feliz victoria y algún que otro aspaviento.

Ante Cormac McCarthy es imposible no sentirse herido de gravedad. Tras leer Meridiano de sangre de Cormac McCarthy, uno siente que ha tragado el suficiente veneno como para morirse y resucitar varias veces y seguir así de por vida, como un contemporáneo Prometeo.

Con una prosa culta y sencilla sintaxis, McCarthy nos invita a hacer un recorrido sentimental por el horror, quiero decir, recorrer un tiempo y un lugar, el suroeste norteamericano de mediados del diecinueve, con un agresivo realismo y una impersonalidad narrativa, que no es difícil al lector descubrirse en un gesto por limpiarse de sangre la cara en cualquiera de los salvajes pasajes leídos. McCarthy sabe describir como nadie y dibuja personajes con tal maestría que se podría pensar que existieron realmente en algún momento de la historia.

Pero no trata este texto de ahondar en la crítica profunda, más bien de un razonamiento superficial que permita pensar con lo escrito sobre lo leído. Entonces extraigo de forma irresistible de las páginas de Meridiano de sangre a "el juez Holden". ¿Quién coño es el juez Holden? Literalmente, se pregunta uno durante todo el desarrollo de esta magnífica novela. El personaje es físicamente violento en su propia descripción y, violento, mucho, en sus actos y palabras pero, sabio, sin embargo, poseedor de conocimientos ancestrales y modernos. Podría decirse de Holden que es un anticristo. ¿O podría decirse de él que en cierto modo es un salvador? Desde luego un personaje con el que podrían crearse miles, millones de personajes novelados y, sin embargo, uno no puede dejar de sentir que se trata de alguien muy real y que es de este mismo tiempo nuestro. Enigmático es el juez Holden, tanto como su propio creador, cuya biografía resulta igual de desconcertante.

Pese al disfrute literario que me producen las obras de Cormac McCarthy no puedo eludir la sensación de que no he sabido leer con la suficiente inteligencia, y que, de cualquiera de sus obras, una única lectura parece apenas un mínimo acercamiento a un complejísimo universo.

Cuál no sería mi sorpresa al ver la versión cinematográfica de la obra de teatro Sunset Limited, también de McCarthy, dirigida por Tommy Lee Jones e interpretada por el mismo y Samuel L. Jackson, al darme de frente con una peculiar evolución de Holden o, quién sabe, del propio McCarthy, en los fascinantes y últimos diez minutos de la obra.

No daré más pistas al respecto. Pero no abandono Sunset Limited. Porque es aquí donde me encuentro, en la figura de el profesor con la viva encarnación de El lobo estepario de Herman Hesse, al menos, en la mayor parte de la obra. En el caso de Sunset Limited, un lobo, desde luego, mucho más dramático.

El lobo estepario de Hesse es un libro iniciático, toda una propuesta de caminos y de pasos a seguir, a mi juicio, demasiado proselitista y sin duda, una obra precursora de las bazofias de autoayuda que hoy bombardean nuestras librerías. No puedo decir que haya perdido el tiempo con su lectura. Y no le voy a negar su valor, que lo tendrá, seguro, cuando tanto lector instruido en lecturas lo recomienda; y bueno, puedo reconocer su importancia en su época, pero no ahora, tiempos en los que la teosofía y Krishna Murti parecen tan lejanos y que tanto folletín de autoayuda vienen a decir más o menos lo mismo, quizá, con una menos honrosa intención.

Me entristece no haber encontrado en Paul Davis la maestría en la divulgación de la mecánica cuántica de que hace gala la crítica y que, por ejemplo, sí se puede apreciar en la obra de Brian Greene en un aspecto de la misma aún más complejo como es la teoría de las supercuerdas. En este caso de Davis podría decir que me he sentido afortunado por haber encontrado primero otros autores que sí que supieron anclar en mi inquietud y la fascinación por el universo de lo enormemente pequeño para así tratar de entender lo obscenamente grande. Y Brian Greene podría ser abanderado de dicha fortuna mía. Además, es justicia admitirlo, la tendencia de Davies a lo religioso, quiero decir, la forma en que entiendo de su obra de dejar entrever sutilmente, en el fondo de la cuestión a una deidad, probablemente a una muy particular, no me ha resultado demasiado agradable.

Hace ya algún tiempo acabé disgustado con Antonio Muñoz Molina por su Ardor guerrero. Así que, hombre conciliador como me reconozco, en un acto de buena voluntad, decidí acercarme de nuevo a la obra del bueno de Antonio, ya que tanto, de una manera o de otra, él ha hecho por acercarse a mí. Y creo que El invierno en Lisboa no ha sido un mal comienzo, aunque no del todo satisfactorio. Reconozco que en la novela de género, en este caso novela negra, es sumamente complicado evitar los lugares más comunes sin salirse de los cánones propios de dicho subgénero. Así que podría decirse que con esta novela de Muñoz Molina uno puede disfrutar de algunos buenos ratos y poco más.

La dificultad de brillar en la novela de género es algo que supo entender desde un principio el genuino Paul Auster. Sí, otro norteamericano, y judío, para más señas, y de Nueva York. Auster publicó su primera novela bajo seudónimo. Ante este hecho, el autor desde siempre alegó que si hizo esto no fue por otra razón que por tratarse de una obra meramente alimenticia, hasta poder despuntar como siempre pretendió, en el competitivo mundo de la creación literaria. En aquella ocasión la obra en cuestión también era una novela negra y, repito, tal vez Auster fue del todo consciente del problema que suponía el género en una primera novela. Hizo bien, y después le vino el mundo entero.

No conseguir entender por qué la obra de Paul Auster es tan popular, gusta a tantos y en tantos países diferentes me hace sentir torpe.


Así que mientras trato de entender ésta y otras cuestiones, algo que no me abandonará y que procuraré hacer durante estas breves vacaciones en el hogar; y ya que el tren anuncia mi parada y que celebro el final de este reiterativo periplo, doy descanso al lector de todas estas divagaciones que son parte de una intimidad mal entendida.

viernes, 11 de octubre de 2013

Mar de fondo


Con media carga en las tripas, y con mar de fondo, mejor dar avante poco a poco; para evitar el balance que jode las costillas y el estrépito de las marmitas en la cocina. Otra noche más el navío seguirá a flote. Lo dicen estas gotas ambarinas y los silencios y las miradas. Avante poco a poco y como se pueda un buen arranchado a son de mar. Las lecciones de Ismael son bien claras y que no hay barco que se trague el mar que no se dé antes por perdido. Mañana trataremos de poner rumbo. Poner rumbo sin saber quizás que la noche fue noche de fuerte mar de fondo y que hoy ya no se es donde se era anoche y que llegar ya no será tan fácil y que, después de todo, es mucha valentía seguir a la caña, como el capitán del Titanic, hasta dar de forma brutal con el inhóspito y horripilante fondo marino repleto de monstruos que se comen las entrañas de los marinos que no tienen miedo a temer. Además ¿qué es el mar de fondo comparado con un buen huracán? Ya tuvimos huracanes y vientos y ballenas blancas que se comen la pierna de uno dejándole mutilado el corazón. En la próxima habrá mar y tierras africanas y más tierras. En la próxima habrá herida sangrante; como siempre. No sé morir de otra manera. No quise vivir de otra manera. 

domingo, 11 de agosto de 2013

El principio de incertidumbre.


Un mundo caótico que deja apenas un mínimo espacio para que respire, agonizante, la esperanza. Después de una cuarentena de aislamiento, toparse con la realidad cotidiana, se nos antoja más próxima al universo orwelliano de "1.984" que a ese mundo idílico que nos prometíamos cuando todos, en mitad de un frenesí artificial, creíamos que éramos los amos del mundo. Ahora la vulnerabilidad está al cabo de la calle. Trato de imaginarme la inflación alemana del periodo de entre-guerras, tal y como me lo cuenta Stefan Zweig. Y también nuestro tiempo parece vivir un estado emocional parecido. Es terrorífico pensar que pudiera darse el surgimiento de un Stalin o un Hitler. Sin embargo, todo parece indicar que no es tiempo para ese tipo de demonios. Los villanos de la sociedad actual tienen más estilo y menos prisa.

Pero bueno, seguimos dormidos. Sólo que ahora los sueños son pesadillas ante las que permanecer como sufrientes expectantes. Sería ya demasiado pedir, por ejemplo, que nos acordemos de los peores crímenes contra la humanidad. Así que reto a aquellos cuya temeridad los impulse hacia actos de inconsciente valentía a que se acerquen al magnífico documental "La pesadilla de Darwin".

No me permito dejar de creer en que un mundo mejor sería posible y que aún estamos a tiempo de cambiar las reglas del juego. Me pregunto qué pensaría Zweig hoy por hoy sobre el paradigma norteamericano que nos ha traído a una ruina espiritual de proporciones mundiales, en contraste a su fascinación por una sociedad que le era cuando menos, prometedora.

La forma en que Cormac McCarthy nos muestra la violencia me trastorna y me sume en las más profundas reflexiones acerca de la violencia misma y de cómo la entendemos hoy por hoy. En cierta ocasión cometí el desliz de tratar explicar a alguien lo terriblemente violentos que son los actos de guerra. En este sentido las películas del género bélico, con sus dosis de romanticismo, de idealismo, de mentiras al fin y al cabo, hacen que quienes no han visto la guerra insulten a la vida llenándose la boca con la palabra guerra. Se desconoce el verdadero significado de violencia. Y casi me muerdo la lengua cuando me veo recurriendo a Mel Gibson y a sus sensacionalistas "La Pasión" y "Apocalypto", donde, la violencia, experimenta cierto acercamiento a la realidad. "Meridiano de sangre" de McCarthy es de una extrema violencia plena de veracidad. Aquí la violencia no es gratuita. Es atroz y quiere darnos un mazazo brutal en nuestros corazones en cada página. Para ello el autor nos introduce en un escenario que no nos es lejano por su explotación cinematográfica, el salvaje suroeste norteamericano, donde apaches y sádicos buscadores de cabelleras, cohabitan un mundo en el que la sangre responde a la perfección al concepto de líquido elemento. La lectura de "Meridiano de sangre" es tan aconsejable como cualquier otra obra de su autor.

Los sentimientos nos conducen por senderos la mayor de las veces erráticos. En el mundo de los sentimientos nada está bien o mal hecho. Pero es imposible no dejarse llevar por ellos. Quiero creer que el amor en todas sus formas expresivas mueve el mundo. A pesar del exceso de odio. Pero amor y odio, odio y amor, ¿qué son si no las dos caras de una misma moneda? ¿A partir de qué momento la especie humana comienza a experimentar dichos sentimientos? ¿Qué medidas se han de dar para acercarse al Perfecto?

La contemplación detenida de las estrellas que una noche oceánica ofrece lleva a uno a pensar que los más maravillosos misterios aún están por descubrir. Más allá de todo existe otro más allá. Entonces uno piensa en sí mismo y se pregunta ¿qué soy? ¿Qué hago yo aquí? ¿Qué puedo considerar qué parte de mí soy realmente? Y después de estas preguntas y, quizá, tras una estúpida concatenación de cuestiones: ¿por qué siendo yo apenas una ínfima partícula del más vasto cosmos jamás imaginado, amo con toda la fuerza y la energía con que son capaces de alimentarse esas mismas y lejanas estrellas? ¿Por qué yo, que no soy nada y que mi paso por el universo es tan efímero, os echo tanto de menos? ¿Por qué daría mi vida, eso que consideramos tan valioso y que no es nada, por vosotros, sin dudar? Y la contemplación detenida que ofrece la noche oceánica es entonces saber que todo es origen y todo es final. Es saber que amarte tiene tanto de verdad como las fuerzas que dan impulso a las cosas que desconocemos y que apenas atisbamos en ese más allá, profundo, violento y trágico, pausado y placentero. Que amarte soy yo; tanto como amarte eres tú; tanto como es desconocer los misterios de ese cosmos inabarcable. Ocurre que a veces uno aparta la vista de la magnífica visión porque es insoportable la levedad del ser.

Se acaban las canciones que me prometí escuchar mientras escribo. Mañana estas mismas canciones ya no podrán sonar igual. El salitre y los vientos distorsionarán sus melodías, cambiarán las palabras en sus letras y no serán mis oídos los mismos con los que hoy "Paraules d´amor" se introduce hasta llegar a un corazón que muchos creen fuerte y al que los días que se pierden matan sin hacer mayor ruido. La esperanza, la realidad, la violencia; el amor y el odio; TÚ; la insoportable levedad del ser y las estrellas del cosmos; todo, absolutamente todo, mañana, seguirá ahí como seguirán las canciones que hoy se me acaban; absolutamente todo, seguirá, para todos, y será diferente y la vida, en su más profundo sentido, seguirá siendo la mayor aventura jamás vivida y jamás contada.

viernes, 9 de agosto de 2013

La mar no se bebe.


Combatir la soledad. Una mañana cualquiera en algún remoto lugar del mundo. Con su nombre adherido al corazón y dos sonrisas infantiles como toma de tierra. Mojarse los labios con las profundidades de una barrica lejana educada en otra lengua y otros sudores. No se puede combatir la soledad ni se puede encontrar solidaridad alguna para ciertos estados del espíritu. Uno quisiera beberse el mar tal y como es, si se dejara. Pero el mar no se bebe. Se soporta, a duras penas. El mar es un golpear constante y un recordar que nada se es, que nada importa. Es cuando uno ve, de lejos, la cercanía de la tierra que se añora durante días, cuando la adrenalina acude rauda a los instintos y uno quisiera no tener que combatir la soledad para no tener que recurrir a ello. Y uno no quisiera tener pulsión literaria alguna para vivir plenamente. Porque escribir es querer guardarse siempre algo, dejarse los últimos espasmos orgásmicos para un tercero. No quisiera, pero sólo el alcohol cura las heridas. Ya sé que ni lo comprendes ni lo compartes. Como sé que ni puedes comprender el dolor y la soledad más profunda. Lo siento. Lo siento. Pero es cuestión de química. Una cuestión de serotonina. Una cuestión vital. Perdóname ciertos alivios si me quieres entero y con el corazón fuerte.

Atracado y escuchando "La legionaria" de "La Canalla". Acordándome de ti. De cuando los días eran felices, íbamos en coche y yo cantaba con tu sonrisa haciéndome los coros. Pero qué grande es tu sonrisa y qué lejos la tengo. Bebo sin un tope, como queriendo acercar los momentos que se dieron, o los que se quisieran vivir.

Para mi pequeña Cleopatra VII Filopator. Sacrifico mi fortaleza a tus sinsabores y a tu escaso verano. Si te idolatro es porque lo mereces. Y porque envidio que tu camino sea camino y no efímera estela que se desintegra en pocas millas. Lo mejor de todo es saber que tu futuro es el futuro y que la verdad se escribe con tu nombre y que los sueños sueñan con tus sueños y que los límites serán los que tus ojos crean percibir. No me corta decir que eres una de las mejores cosas de mi vida.


Cada año es una destrucción. Cada whiskey es morirse para vivir. Pero es peor dejarse morir. Ya sé que no lo entiendes. Entender esto es estar dentro del delirio de una irrealidad africana insoportable. Quisiera que no fuera así. Quisiera que el dolor... no sabéis qué es el dolor. Quisiera tener menos para escribir. Quisiera que mi amigo no se pareciera a mí. Os echo de menos. Ya sabéis quiénes. Me desmorono. El color del dinero. El algún lugar de África. Las nieves del Kilimanjaro. La piel negra no suda, llora por la piel. África duele por lo bajini. ¿Y qué tiene que ver esto con un pedazo de tierra sobre un Atlántico incipiente? ¿Qué tiene que ver esto con el corazón de Cádiz en una feliz mañana de domingo? La vida me cobra caro lo que le quito. 

jueves, 20 de junio de 2013

Creed que os canto.

Para mi conciencia, descalzos pasos hasta mi cama dormida.
Yo sólo pretendo vuestro mañana y creedme,
Me distraigo de vuestros juegos por el camino,
Con una espada por cada flanco,
Cubriendo de vuestras miradas verdaderas
-más que ninguna- el lugar adonde hemos de llegar.

Es envidia a veces la rabia que os dedico.
En otras sólo son poemas pequeños y divertidos
Devolveros la sonrisa o cubrir de galletas vuestra mesa.

Tenéis el poder infinito bajo las pestañas,
En las plantas de los pies, bajo la nariz y en ella.
Tenéis sobretodo el fuego que en mí creo olvidado.
Nada de vosotros ahora me hace daño.
Sístoles y diástoles que en otros cuerpos
Inflan y descargan los alveolos que me empeño en destruir.

Para mi soledad, dientes manchados de chocolate;
Para mi consciencia, cada uno de los suspiros infantiles.
Labios manchados de chocolate, para el niño que fui;
Pasos dormidos y descalzos, para el bendito desvelo;

Apenas penas y gimoteos, para mis manos que son vuestras.

martes, 11 de junio de 2013

¿Dudas?



¿Cómo puede defender uno su propia obra? ¿Cómo puede defenderla de uno mismo? Son preguntas que me planteo en estos días en los que se pasa, de una euforia infantil a una ruidosa incertidumbre, a la velocidad del rayo. Por momentos llego a diferentes y falsas conclusiones que van mutando con el tiempo. Son éstas, preguntas muy parecidas, a las que uno se hace cuando la obra apenas es tal, y la importancia de la confianza en uno mismo es el poco arnés con el que se cuenta.


Uno piensa en la perspectiva. En la ausencia de ésta o en su deformación. Es un amor muy injusto el que uno puede sentir por una criatura que florece de sí mismo. No es una autodefensa, es otra cosa. Pero ocurre que uno es consciente de que el amor injusto puede derivar en mayores males que, con el paso del tiempo, pueden resultar irreparables. Tanto para la obra como para el autor.

viernes, 31 de mayo de 2013

Fernando Lobo y José Simonet.

 
Escribo estas líneas con el corazón a medio camino entre la alegría y el enfado. Las dedico a un par de amigos y es, precisamente este hecho, el que hace que estas palabras tengan que ver con la alegría, que sean mis amigos.

Uno de estos dos amigos es el cantautor, poeta y artista, en el amplio sentido del término, Fernando Lobo. Fernando es más Lobo que Fernando, quiero decir, que como el animal, despierta cada mañana con todos sus sentidos orientados a que su forma de vida y su visión del mundo, sobrevivan a una jornada más en una escena que más bien parece ir a la contra de todo lo hermoso que mi amigo trata de defender. Pero es un lobo incansable este Fernando mío. Su forma de presentar batalla no es otra que hacer valer su talento y su seria capacidad de trabajo, que no es otro que proponer sueños, favorecer la sonrisa y pellizcar aletargadas rebeldías. Se podría decir que las cosas le van bien. O al menos, que sus proyectos e ilusiones llegan casi siempre a buenos puertos. Un nuevo disco en la proa, la satisfacción por el recorrido de una novela, los poemas de su vida en un precioso libro acompañando a un buen puñado de gente,... Sí, Fernando, como el animal de su apellido, no deja de alimentar sus inquietudes y alertas.

Pero ocurre que el bosque está lleno de peligros. Amenazas que hasta al más fiero de los habitantes del bosque pueden hacer perder su enérgico deambular. Puede ocurrir que una desafortunada ramita le haga caer y tocerse una pata. Fernando vive un tiempo en que estas ramitas están por todos lados y, aunque es ágil, y, aunque es consciente de cuanto le rodea, yo temo, con enfado, que también Fernando vea como una de sus patas sea quebrada por las dificultades y las sombras que pretenden acabar con su habitat. Como ya le ocurrió al lobo. Que nunca dejemos de escuchar el canto del Lobo en Cádiz.

Pero decía que eran dos los amigos con lo que compartí ayer una maravillosa mañana de café, tostadas y cerveza. José Simonet es un músico excepcional y un poeta entregado a la causa de hacer ver que la poesía sigue siendo ese maravilloso lugar frontera. Simonet suda por los cuatro costados fuerza y talento. Es difícil no notarlo cuando se le tiene cerca. Lo tienes al lado, te habla, lo observas y te dices: este tío tiene algo muy valioso, un no sé qué que transmite y que no es común, algo maravilloso, algo que te hace feliz cuando descubres que existe.

Pero también ocurre con Simonet que camina los senderos de un bosque lleno de incómodas ramitas. No puede trabajar en la música a la que tanto esfuerzo ha dedicado. José, no escribe, no puede, no le dejan. Ni siquiera le es posible estar en su casa. A Simonet, que es poesía y que reivindica su querencia por ser poeta en su tierra, se le negó la posibilidad de seguir en la brecha. Pero se le negó aquí, se la negó esa tierra que tan dentro lleva. Y no se la negó Yale, ni otras universidades estadounidenses y del Canadá. Por fortuna para mí ayer pude disfrutar de José Simonet en su habitat natural. Pero llegará el mes de julio y este poeta nuestro deberá volver al exilio emocional en el que se ve obligado a vivir, porque no supieron ver aquello de lo que yo disfruté en una mañana gaditana.

La ciudad de Cádiz debería ser más inteligente. Debería entender que es puerto de mar y que los bosques con ramitas le quedan lejos. No es el puerto de mar de Cádiz, la ciudad de la alegría y del arte cotidiano, un bosque con ramitas para el artista de arte facilón y mal gusto, para los circos insustanciales, para los trepas que viven del arte de no hacer más que tocar palmas a los artistas de arte facilón y mal gusto. Dejemos quizá, que sea bosque cuidado en el que no sea tan difícil ver que tenemos nuestro Lobo y que Simonet pasea, absorto quizá, entre los árboles, contando endecasílabos.

martes, 28 de mayo de 2013

En el camino.



Partimos rumbo norte, no sin antes hacer una pirula en la peatonal calle Real para dar la vuelta, bajando la calle San Agustín y atravesando el popular barrio de La Ardila. En San Agustín, la terraza del freidor-churrería, luciría más si entre algunas de las mesas reposara su aburrimiento un cactus y pasease por entre las patas de las sillas algún que otro escorpión. Una caja con caballas "frescas, recién cogidas en la bahía" y otra con boquerones, parecen el calzado de un joven, camisa abierta a cuadros blancos y azules, que vende el género junto a un viejo de bigote blanco amarillento, rodeado por un corro de decepcionados con la vida. Naranjos de amargas naranjas; coches aparcados en batería a la derecha, y a la izquierda, como se ha podido.

Atacamos la autovía que inicia el viaje a nuestro destino, a unos 100 kilómetros, metro arriba, kilómetro abajo. Dejamos atrás la pasarela de la estación de ese monumento local que es el Bahía Sur, con el eje longitudinal del viejo Renault Clío paralelo al del Parque del Oeste o del Colesterol. Polígono industrial de Fadricas. Más allá, el viejo arsenal. Y aún más allá, una incomparable panorámica de la bahía flanqueada por el lucido saliente de la ciudad de Cádiz al noroeste y el lastimero esqueleto de los astilleros y el muelle de La cabezuela por el este.

A la altura de Chiclana de la Frontera nos desviamos para tomar la carretera convencional que nos permite vislumbrar, pasado el cementerio mancomunado, sobre una meseta irregular e idónea para una remota defensa, la blancura de la atalaya que fue el pueblo de Medina Sidonia. Lomas de baja cota visten de verde, arbustos y sendas, pequeñas grutas conejeras, de verde, a un lado y a otro de la incómoda serpiente que es la carretera.

Medina desciende al norte y se abandona a sí mismo como pueblo. El precio que se ha de pagar contra el olvido. Hacia el sur, en un llano, incontables balas de paja en forma de enormes cilindros, se ordenan sobre el resto amarillo que espera el fuego. Uno no entiende de dónde vienen los grupos de eucaliptos o el porqué de la formación militar de pinos que dejamos, en guardia, mientras divisamos los monstruosos molinos de viento que nos anuncian nuestra llegada a una segunda autovía que apenas nos hará sentir la conocida Ruta del Toro.

No se admiten bicicletas, viandantes, carros tirados por animales, vehículos agrícolas,... Se nos admite a nosotros, que salimos más favorecidos en los retratos que hacen los radares. Al sur, mostrando lo que queda de tiempos mejores, los sólidos muros de lo que alguna vez pudo haber sido algún tipo de fortificación sobre una cresta topográfica de mediana elevación. Bajo ésta, plácidos ignorantes, los sementales agradecen, celebran la primavera y dan buena cuenta de la frescura de sus pastos.
La autovía apenas baja y apenas sube. Curvea a lo sumo y atraviesa bajos collados que a veces están cubiertos de bóvedas artificiales. Nada tiene que ver el conocido anuncio de Osborne con los animales que acabamos de dejar atrás.

Alcalá de los Gazules apenas se deja ver a nuestra izquierda. Aquí la Sierra de Cádiz ya se hace notar y la diversidad de tipos de alcornoques es dueña de los bosques despejados que ascienden, respetando en lo que me parece un misterio, algunos claros que a veces visten de color violeta. Descienden también, los alcornoques, hasta tocar algún embalse, como el formado por el río Rocinejo a nuestra derecha. Viejos abrevaderos junto al río Alberite y al sur, laderas escarpadas manchan de gris el color predominante de la estación.

Camino de servicio, nos dice una señal. Y más adelante, con un orgullo que se me antoja patético "Red de Carreteras de Andalucía".

Otro embalse, a la derecha, más siniestro, ahoga los resignados esqueletos de lo que alguna vez fueron robustos alcornoques a los que la naturaleza decidió sacrificar. Ahora sí que ascendemos. La calzada de la autovía da a luz un nuevo carril para los pesados camiones de contenedores que se dirigen, casi con toda seguridad, al puerto de Algeciras, y que apartan su lentitud para que el viejo Renault Clío pueda atacar con resuello, el sofocante repecho y pueda atravesar con alegría, uno de los tantos puertos atunelados. No puedo dejar de pensar en lo agotadores que resultan estos campos de alargadas pendientes para quien se dispone a caminarlos.

Se extiende Charco Redondo, a derecha e izquierda, con sus orillas pobladas de eucaliptos y rurales construcciones moriscas, justo antes de otro repecho que, una vez traspasado, deja a las claras que uno ha entrado en plena sierra, con cotas de piedra sombreradas por algunas nubes de un blanco ovino.
Olla de ahojiz, y el paisaje se transforma de nuevo. Ya se intuye la soledad del peñón de Gibraltar, que se muestra descoronado, lo que nos dice que el tiempo es de poniente y que, en Algeciras, tendremos calor seco.

Torres como reposo al tendido eléctrico lucen nidos de cigüeñas. Los Barrios se asienta al este, humo de chimeneas bordean la costa este de la bella y sucia bahía de Algeciras.

Dejamos por la retaguardia polígonos industriales, naves de venta de coches, el hotel Alborán,.. Entramos en Algeciras. Nos saludan los serios bloques del barrio de San José Artesano y seguimos la autovía que circunvala la siempre floreciente ciudad y que, abraza con sutileza, el recinto para la feria y la plaza de toros. Salimos hacia la avenida Virgen de la Palma, que descendemos, frente a Los Sauces.

La antigua Nacional 340 es la columna que vertebra el centro de la población. La tomamos y cuando ya empieza a ser conocida como "El Secano", bajamos, a la derecha, por la Fuentenueva, calle en la que un escalofrío, síntoma nostálgico, también anuncia que es el final del trayecto. Aparcamos. Y dejamos dormitar al viejo Renault Clío, que por hoy, ha sido nuestro Rocinante.


domingo, 26 de mayo de 2013

Micro: Erótica.


Desde el vano de la puerta, Erótica es la mujer: la caricia humedecida que involucra al acto inexorable de rendición ante una melodía de piel y hueso. Desde el vano de la puerta la habitación no existe; ella levita como diosa sobre un lecho de fuegos paradisíacos. Se siente observada: se agita lenta, suave y trágica. Su amante, furtivo y desconocido, la mira: la desea. Un leve gesto, como su alma leve, inmersa en lo etéreo de la pasión, acerca a su amante, presa también de la ingravidez y la narcosis de unas telas opiáceas.

sábado, 25 de mayo de 2013

Ernest y yo II




Ernest se ha sentado a la mesa frente a mí. Ha traído una copa vacía para que se la llene. La deja en la mesa y la acerca a la mía. Cuando ya bebemos, juntos y, tras un rato de desconcertante meditación, con la mirada fija en la pintura en la que mi mujer posa, más que bella, con un elegante vestido de verano sobre un fondo azul sutilmente estrellado, me dice, que aquellas noches, en la shamba a los pies de la Gran Montaña, la enorme luna llena, hacía que las estrellas fuesen casi imperceptibles, como las del cuadro, termina a la vez que señala la pintura.

Le pregunto, ignorando su observación, que qué era lo que estaba haciendo en la shamba.

Perseguíamos elefantes. Un grupo de monstruosos elefantes que había tomado la ruinosa costumbre de atravesar de punta a punta la shamba, destruyendo los humildes cultivos locales y acabando con no pocas cabezas de ganado.

Hoy, eso de perseguir elefantes no está muy bien visto, le hago saber.

Hoy ya no hay elefantes como aquellos, hoy no hay elefantes, responde con vehemencia.

Me encantaría poder ir a Kenia.

Kenia ya no existe. Los matamos a todos, empezando por los masáis y los maus-maus.

Lleno una segunda ronda.

Acabamos pronto con el problema de los elefantes. Lo bueno de los elefantes es la facilidad con que se encuentra su rastro. Si se tiene la infeliz idea de esperarlos en la shamba bien puedes darte por muerto. O peor aún, encontrártelos en plena selva. Lo mejor es que el rastreador te lleve a alguna llanura en la que sepas que los vas a encontrar durante el día. Si identificas rápido al jefe del grupo, al viejo, problema resuelto.

Dices que acabasteis pronto con el problema ¿por qué razón seguiste en la shamba? Pregunto sin disimular un ápice mi interés.

Las mujeres kimba son muy hospitalarias pero sobretodo, muy agradecidas y, una de ellas, se ofreció como pago por mis servicios. Fue difícil convencer a su padre de que yo no esperaba pago alguno sin ofenderle a él y a su tribu.

Oye, Ernest, me encantaría conocer una shamba a los pies de la Gran Montaña, le digo.

Ya no hay shambas, no existen shambas como aquellas, responde, melancólico. También matamos a todos los kimbas.  

viernes, 24 de mayo de 2013

Gatsby aprueba por los pelos.



 The Great Gatsby, la nueva versión que Baz Luhrmann nos ha traído a la gran pantalla basándose en la historia que crease Francis Scott Fitzgerald, no es, ni mucho menos, una adaptación de la novela de uno de los escritores a los que Gertrude Stein incluyó, con más o menos acierto, en la que bautizó como generación perdida y que Ernest Hemingway popularizó.


Podría decirse, en cualquier caso, que más bien se trata de un remake a lo Luhrman, de la película que dirigiese Jack Clayton en 1.974, con Francis Ford Coppola como guionista y un brillante Robert Redford como Jay Gatsby en el papel protagonista. Un remake en el que el argumento pierde gran parte de la esencia de la novela de Fitzgerald, en virtud de la visión estética de un director al que se le agradece la intencionalidad y los efectos especiales. Así como Tim Burton es a la oscuridad, se podría decir que es Luhrmann al color y a la luz. Bien es cierto que uno siente desde el principio estar visionando más una película de animación que la adaptación de un clásico literario y que, bueno, tal vez pueda resultar difícil asumirlo. Yo animo sin embargo a que el espectador se pruebe las gafas que Luhrmann ofrece, en ésta, así como en el resto de sus películas. La cuestión es: ¿Resiste el argumento la espectacular imposición del director? Me temo que la respuesta es negativa.

Si hay algo en la novela original que le reprocho a Fitzgerald es sacrificar la sutileza en la evolución del personaje de Jay Gatsby en pro del tempo que le marca la narración. De dicho sacrificio apenas se ve perjudicada la versión del 74, en parte, y quizá aquí las opiniones puedan ser más variadas entre el público, por la maestría de Redford que, en mi opinión, es un Jay Gatsby muy de la novela de Scott Fitzgerald. Aprovecho para decir que, anterior a la película de Clayton, existe una adaptación de 1.949 de la que poco más puedo decir por no tener oportunidad de haber visto. Quede constancia pues, de ésta y de una versión del año 2.000 estrenada exclusivamente en televisión.





La hipérbole de Luhrman no hace posible camuflar ese pequeño defectillo del autor original de la historia. El Jay Gatsby de Dicaprio no experimenta ningún tipo de evolución gradual: son dos personajes totalmente diferentes y no las dos caras de un mismo personaje al que los acontecimientos afectan de forma profunda. Esto va muy en detrimento de la adaptación y hace que no salga muy bien parada en la comparativa con la versión de 1.974. La película, en cuyo inicio y hasta finalizar la primera mitad del metraje, el despliegue de espectáculo y la voluptuosidad musicalizada a ritmo del rap de Jay-Z, abusa tanto de los efectos que, después, cuando la historia requiere de menos artificio y hace notar su esencia, la tensión entre los personajes en el contexto de un Nueva York convulso, el tiempo se ralentiza, dejando al espectador en ese limbo en el que nos encontramos a veces cuando uno ya no reconoce siquiera la película que ha ido a ver, un claro defecto propiciado por la fidelidad a una estética. Luhrman aprueba en la primera mitad del metraje, cae estrepitosamente en la segunda, que ejecuta con no pocas dificultades por la desmesura inicial.

El Gran Gatsby de Dicaprio. 

Leonardo Dicaprio no ha venido a hacer de Jay Gatsby. Leonardo ha venido a enseñarnos como hace de Robert Redford haciendo de Gatsby y esto, se hace patente desde el primer momento en que el personaje hace su aparición en escena. Surgirán después innumerables momentos en que la interpretación de Dicaprio sea escandalosamente parecida a la de Redford. Así que es muy posible que el actor nos haya privado de lo que podría haber sido un gran trabajo interpretativo vendiéndonos una copia más bien barata, al menos en el caso de que ir al cine no fuera tan caro, de la interpretación del veterano Redford.
El resto de personajes se adecúan bastante y hasta quizá, superen ese trance de tener que adaptar una novela, a destacar, el personaje de Tom Buchanan, que tal vez hubiera merecido algo más de espacio en estas líneas. Todos bien, menos Tobie Mcguire, que en su interpretación de Nick Carraway sigue siendo tan plano y tan desértico como en el resto de las películas en que ha trabajado. Quizá es por eso por lo que le fue tan bien en el traje de Spiderman.

Entre defectos, estéticas y demás, mi valoración general de la cinta es positiva. El hecho de que el director Baz Luhrman trate de mantener su visión cinematográfica "a pesar de", hace que mi escaso criterio cinéfilo le otorgue un aprobado por los pelos. Se podría decir que ha sido una bien intencionada jugada en la que, quizá, le han sobrado demasiados regates y, probablemente, el gol, al que se le ha de sumar o restar el factor suerte. En este caso, no pudo ser. No obstante, aprobado.

jueves, 23 de mayo de 2013

El traje nuevo del emperador.

 
 
 
 
El cuento "El traje nuevo de el emperador" es bien conocido por todos. Escrito por el danés Hans Christian Andersen en torno a la primera mitad del siglo XIX, trata sobre cierto emperador cuyo celo por el vestuario contrastaba de forma desmedida con la mesura que mostraba ante el resto de aspectos de su gobierno y su persona. Tanto era así que, cuando un par de charlatanes, le convencieron de la compra de un traje cuya tela era incomparable en sutileza y suavidad con el resto de prendas que se comercializaban por aquel entonces, el emperador, no tuvo el más mínimo reparo en encargar para sí semejante vestuario. Pero la calidad de esa tela escondía una cualidad aún más increíble: un traje fabricado con tal material hacía invisible a quien lo vestía.

Resumiendo mucho, e invitando a su vez a todo lector a que se acerce a los cuentos de Andersen, diré que dicho traje por no ser no era ni traje ni era nada más que un burdo engaño que hizo que el emperador pasease con orgullo su cuerpo en la más ridícula desnudez ante sus súbditos. Subrayo: Paseó con orgullo su cuerpo en la más ridícula desnudez.

Y me acuerdo de este cuento mientras le doy una y otra vuelta a esto de Facebook. Porque no me resulta nada difícil pensar que, de una manera o de otra, y en el contexto de nuestro maravilloso siglo XXI, una gran mayoría de los consumidores de internet hemos comprado el traje del emperador. Al igual que en el cuento de Andersen también nosotros paseamos con orgullo nuestra desnudez. Reconozco aquí un serio conflicto interno, al modo en que se comportan las partículas subatómicas, a la hora de establecer mi propio código moral. Supongo que mi opinión sobre facebook se acerca bastante a la que me merece un cuchillo, que lo mismo se puede usar para cortar un estupendo entrecot que para apuñalar el corazón de cualquiera. Pero en el caso del cuchillo el conocimiento que se tiene sobre dicho instrumento roza lo ancestral y, se podría decir, que sus diferentes usos ya cuentan en el inconsciente colectivo con un código que diferencia con claridad las dos caras de su potencialidad.

No es así en Facebook. En Facebook ocurre que las personas visten su propio traje del emperador creyendo que una falsa invisibilidad les protege de su orgulloso paseo verbal. Y es gracioso. Muy gracioso, pienso, como pensaban los súbditos del emperador de Andersen. Gracioso porque uno sabe que el traje del emperador no es más que ese burdo engaño del que hablábamos antes y que, la única protección de que disfruta quien utiliza el traje del emperador que es Facebook, sobretodo cuando se intuye cierta mala intencionailidad, es la compasión que me merecen, como aquella en la que el protagonista de otro cuento pedía perdón a su todopoderoso padre para quienes le estaban haciendo daño.

Pero es Facebook una herramienta social increíble. Un formidable artilugio con el que disfrutar, así como se disfruta de un buen cuchillo, que corta limpiamente en dos un entrecot. Fecebook nos acerca los unos a los otros. Se combate a la soledad y, si cabe, nos ayuda a conocer más profundamente a través de su amplio espectro a las personas que más o menos tienen algún tipo de relación con nosotros. En Facebook el artista puede hacer partícipe a todo el mundo de su arte y el currelas promocionar su negocio de fontanería. Se pueden compartir inquietudes, temas de debate, alegrías y disgustos, con otras personas que, a una incierta distancia, están hechas de los mismos materiales que nosotros mismos.

Y vuelvo a caer. Hay quien prefiere hacer de Facebook un arma con el que apuñalar corazones. Vuelve a aparecer el emperador con su flamante y falso traje nuevo para decir las cosas que jamás diría a la cara de nadie. O para defender posturas y opiniones claramente belicosas. Para apuñalar corazones, en definitiva. El emperador, es una pena, tan comedido como se muestra en su ámbito natural, se coloca su traje nuevo y pasea su soberbia. Sus incapacidades y sus frustraciones, realmente. Su preciosa ignorancia. No sabe que el traje no le hace invisible.

miércoles, 22 de mayo de 2013

Ernest y yo I




Sé que cuando Ernest me habla directamente, así muy serio, con los dedos de su mano derecha buceando por su barba, lo hace por mi bien. Como no podría ser de otra manera yo desoigo sus consejos, los comentarios con los que trata de guiarme por los vericuetos de esto de contar cosas. Él sabe que sólo así puede uno encontrar sus propias herramientas. No obstante parece resultarle de todo imposible dejarme tranquilo para repetirme las mismas consignas una y otra vez. No sabría qué hacer si él no siguiera a mi lado. A veces se me pone algo melancólico y me cuenta cosas que no están en sus libros y que yo sé que son verdad. Es entonces cuando más me gusta cabrearlo diciendo que no me creo una mierda de lo que me cuenta. Y se cabrea, se cabrea tanto que me insulta y me dice que no soy más que otro niñato que juega con cosas de mayores. Es un viejo con carácter. Cuando le digo que necesito estar cómodo para escribir me dice que eso no es más que otra estupidez de las mías. Una excusa más para postergar el trabajo, me dice. Lo peor es cuando se mete con la dimensión de mis frases. Si por él fuera me colocaría un punto cada tres o cuatro palabras. Cada vez que sale este tema no puede remediar soltarme ese rollo suyo de París, de su trabajo como corresponsal. Si le digo que hoy, por ejemplo, me he levantado sin ganas de nada, me amenaza con darme un bofetón si no consigo imponerme una disciplina cercana a la militar, que espabile, que él a mi edad era capaz de no dormir más que un par de horas al día. Le digo que me aburre, que me deje descansar de tantas batallitas, que ya tengo las mías propias para aburrirme yo solito. Ernest se queda pensativo. Me dice que tengo razón y se va para volver al cabo de un rato. Sé que cuando Ernest me habla directamente, así muy serio, con los dedos de su mano derecha buceando por su barba, lo hace por mi bien. Y yo me alegro de ello.

martes, 21 de mayo de 2013

Soy electricista.


"Soy electricista. Aunque no desagradecería unas monedas, lo que realmente necesito es un trabajo para poder colaborar en mi casa, donde todos están sin trabajo".

Probablemente no pase de los veinticinco años. Gafas. Algunos granos en la cara. Viste un gastado pantalón vaquero y, sobre una camiseta de mercadillo, una sudadera a rayas horizontales azul marino y gris. Se podría decir que es cualquiera. Cualquiera entre tantos de los que uno se cruza por la calle, cualquiera como tú o como yo, quiero decir. Podría uno ir paseando por ahí, verlo sentado en alguna cafetería tomando café con unos amigos y pasaría tan desapercibido como pasamos todos ante la mirada de los demás. Pero no es de esa guisa como me lo encuentro. Está sentado, apoyado en una pared cercana al cristal del escaparate de una tienda de ropa. Frente a él o, mejor dicho, entre él y el resto, a modo de simbólico burladero que no se sabe a quién pudiera estar protegiendo, un cartón de unos setenta centímetros doblado por la mitad, muestra a quien no tema leerlo, el mensaje que tiene para dar al mundo y que no es otro que el que encabeza esta entrada.

A veces me siento tan estúpido. A veces, tan incapaz de entender, de abarcar en mi pensamiento la locura que envuelve a las cosas que están pasando. Y digo locura, quizá, por mi propia y estúpida incomprensión de los días que vivimos.

Me hubiera gustado haberme sentado, allí en el suelo, haciendo compañía a ese joven electricista y haberle ofrecido un pitillo. Tratar al menos de aliviar unos minutos de desesperación con una charla imprevista. Supongo que pensé que era una estupidez. 

Ahora no lo veo así.

Llevo todo el día recordando esa mirada suya, la pesadumbre imposible de disimular tras las gafas y la vergüenza de quién, teniendo oficio y ganas, no tiene más remedio que pedir una limosna a una sociedad dominada por el miedo y que no mira por miedo y cuyo miedo, por desgracia, está más que justificado.